28 jun 2012

Un lugar limpio y bien iluminado


Ernest Hemingway



Era tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que estaba sentado a la sombra que hacían las hojas del árbol, iluminado por la luz eléctrica. De día la calle estaba polvorienta, pero por la noche el rocío asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque era sordo y por la noche reinaba la quietud, él notaba la diferencia. Los dos camareros del café notaban que el anciano estaba un poco ebrio; aunque era un buen cliente sabían que si tomaba demasiado se iría sin pagar, de modo que lo vigilaban.

– La semana pasada trató de suicidarse -dijo uno de ellos.

– ¿Por qué?

– Estaba desesperado.

– ¿Por qué?

– Por nada.

– ¿Cómo sabes que era por nada?

– Porque tiene muchísimo dinero.

Estaban sentados uno al lado del otro en una mesa próxima a la pared, cerca de la puerta del café, y miraban hacia la terraza donde las mesas estaban vacías, excepto la del viejo sentado a la sombra de las hojas, que el viento movía ligeramente. Una muchacha y un soldado pasaron por la calle. La luz del farol brilló sobre el número de cobre que llevaba el hombre en el cuello de la chaqueta. La muchacha iba descubierta y caminaba apresuradamente a su lado.

– Los guardias civiles lo recogerán -dijo uno de los camareros.

– ¿Y qué importa si consigue lo que busca?

– Sería mejor que se fuera ahora. Los guardias han pasado hace cinco minutos y volverán.

El viejo sentado a la sombra golpeó su platillo con el vaso. El camarero joven se le acercó.

– ¿Qué desea?

El viejo lo miró.

– Otro coñac -dijo.

– Se emborrachará usted -dijo el camarero. El viejo lo miró. El camarero se fue.

– Se quedará toda la noche -dijo a su colega-. Tengo sueño y nunca puedo irme a la cama antes de las tres de la mañana. Debería haberse suicidado la semana pasada.

El camarero tomó la botella de coñac y otro platillo del mostrador que se hallaba en la parte interior del café y se encaminó a la mesa del viejo. Puso el platillo sobre la mesa y llenó la copa de coñac.

– Debía haberse suicidado usted la semana pasada -dijo al viejo sordo. El anciano hizo un movimiento con el dedo.

– Un poco más -murmuró.

El camarero terminó de llenar la copa hasta que el coñac desbordó y se deslizó por el pie de la copa hasta llegar al primer platillo.

– Gracias -dijo el viejo.

El camarero volvió con la botella al interior del café y se sentó nuevamente a la mesa con su colega.

– Ya está borracho -dijo.

– Se emborracha todas las noches.

– ¿Por qué quería suicidarse?

– ¿Cómo puedo saberlo?

– ¿Cómo lo hizo?

– Se colgó de una cuerda.

– ¿Quién lo bajó?

– Su sobrina.

– ¿Por qué lo hizo?

– Por temor de que se condenara su alma.

– ¿Cuánto dinero tiene?

– Muchísimo.

– Debe tener ochenta años.

– Sí, yo también diría que tiene ochenta.

– Me gustaría que se fuera a su casa. Nunca puedo acostarme antes de las tres. ¿Qué hora es ésa para irse a la cama?

– Se queda porque le gusta.

– Él está solo. Yo no. Tengo una mujer que me espera en la cama.

– Él también tuvo una mujer.

– Ahora una mujer no le serviría de nada.

– No puedes asegurarlo. Podría estar mejor si tuviera una mujer.

– Su sobrina lo cuida.

– Lo sé. Dijiste que le había cortado la soga.

– No me gustaría ser tan viejo. Un viejo es una cosa asquerosa.

– No siempre. Este hombre es limpio. Bebe sin derramarse el líquido encima. Aun ahora que está borracho, míralo.

– No quiero mirarlo. Quisiera que se fuera a su casa. No tiene ninguna consideración con los que trabajan.

El viejo miró desde su copa hacia la calle y luego a los camareros.

– Otro coñac -dijo, señalando su copa. Se le acercó el camarero que tenía prisa por irse.

– ¡Terminó! -dijo, hablando con esa omisión de la sintaxis que la gente estúpida emplea al hablar con los beodos o los extranjeros-. No más esta noche. Cerramos.

– Otro -dijo el viejo.

– ¡No! ¡Terminó! -limpió el borde de la mesa con su servilleta y meneó la cabeza.

El viejo se puso de pie, contó lentamente los platillos, sacó del bolsillo un monedero de cuero y pagó las bebidas, dejando media peseta de propina.

El camarero lo miraba mientras salía a la calle. El viejo caminaba un poco tambaleante, aunque con dignidad.

– ¿Por qué no lo dejaste que se quedara a beber? -preguntó el camarero que no tenía prisa. Estaban bajando las puertas metálicas-. Todavía no son las dos y media.

– Quiero irme a casa.

– ¿Qué significa una hora?

– Mucho más para mí que para él.

– Una hora no tiene importancia.

– Hablas como un viejo. Bien puede comprar una botella y bebérsela en su casa.

– No es lo mismo.

– No; no lo es -admitió el camarero que tenía esposa-. No quería ser injusto. Sólo tenía prisa.

– ¿Y tú? ¿No tienes miedo de llegar a tu casa antes de la hora de costumbre?

– ¿Estás tratando de insultarme?

– No, hombre, sólo quería hacerte una broma.

– No– el camarero que tenía prisa se irguió después de haber asegurado la puerta metálica–. Tengo confianza. Soy todo confianza.

– Tienes juventud, confianza y un trabajo -dijo el camarero de más edad-. Lo tienes todo.

– ¿Y a ti, qué te falta?

– Todo; menos el trabajo.

– Tienes todo lo que tengo yo.

– No. Nunca he tenido confianza y ya no soy joven.

– Vamos. Deja de decir tonterías y cierra.

– Soy de aquellos a quienes les gusta quedarse hasta tarde en el café– dijo el camarero de más edad–, con todos aquellos que no desean irse a la cama; con todos los que necesitan luz por la noche.

– Yo quiero irme a casa y a la cama.

– Somos muy diferentes -dijo el camarero de más edad. Se estaba vistiendo para irse a su casa–. No es sólo una cuestión de juventud y confianza, aunque esas cosas son muy hermosas. Todas las noches me resisto a cerrar porque puede haber alguien que necesite el café.

– ¡Hombre! Hay bodegas abiertas toda la noche.

– Tú no entiendes. Este es un café limpio y agradable. Está bien iluminado. La luz es muy buena y también, ahora, las hojas hacen sombra.

– Buenas noches– dijo el camarero más joven.

– Buenas noches -dijo el otro. Continuó la conversación consigo mismo mientras apagaba las luces–. Es la luz por supuesto pero es necesario que el lugar esté limpio y sea agradable. No quieres música. Definitivamente no quieres música. Tampoco puedes estar frente a una barra con dignidad aunque eso sea todo lo que proveemos a estas horas. ¿Qué temía? No era temor, no era miedo. Era una nada que conocía demasiado bien. Era una completa nada y un hombre también era nada. Era sólo eso y todo lo que se necesitaba era luz y una cierta limpieza y orden. Algunos vivieron en eso y nunca lo sintieron pero él sabía que todo eso era nada y pues nada y nada y pues nada. Nada nuestra que estás en nada, nada sea tu nombre nada tu reino nada tu voluntad así en nada como en nada. Danos este nada nuestro pan de cada nada y nada nuestros nada como también nosotros nada a nuestros nada y no nos nada en la nada mas líbranos de nada; pues nada. Ave nada llena de nada, nada está contigo–. Sonrió y estaba frente a una barra con una cafetera a presión brillante.

– ¿Qué le sirvo?– preguntó el barman.

– Nada.

– Otro loco más– dijo el barman y le dio la espalda.

– Una copita– dijo el camarero.

El barman se la sirvió.

– La luz es bien brillante y agradable pero la barra está opaca– dijo el camarero.

El cantinero lo miró fijamente pero no respondió. Era demasiado tarde para comenzar una conversación.

– ¿Quiere otra copita?– preguntó el barman.

– No, gracias– dijo el camarero, y salió. Le disgustaban los bares y las bodegas. Un café limpio, bien iluminado, era algo muy distinto. Ahora, sin pensar más, volvería a su cuarto. Yacería en la cama y, finalmente, con la luz del día, se dormiría. Después de todo, se dijo, probablemente sólo sea insomnio. Muchos deben sufrir de lo mismo.

25 jun 2012

El hombre que amaba al prójimo


Virginia Woolf




Aquella tarde, mientras pasaba ligero por Deans Yard, Prickett Ellis se cruzó con Richard Dalloway, o mejor dicho, en el momento de cruzarse, la disimulada mirada que cada uno de ellos lanzó al otro, bajo el ala del sombrero, por encima del hombro, se ensanchó y estalló en una expresión de recíproco reconocimiento; no se habían visto en veinte años. Habían ido a la misma escuela. ¿Y a qué se dedicaba ahora Ellis? ¿Abogacía? Sí, claro, claro…, había leído todo lo referente al caso en los periódicos. Pero allí no se podía hablar realmente. ¿Por qué no iba a su casa aquella noche? (Vivían donde siempre, ahí, al doblar la esquina.) Habría un par de invitados más. Quizá fuera Joynson. «Bueno, no sabes cuánto me ha alegrado verte», dijo Richard.



«Estupendo. Hasta esta noche pues», dijo Richard, y siguió su camino «muy contento» (lo cual era verdad) de haber visto a aquel tipo raro que no había cambiado ni tanto así desde los tiempos en que iban a la escuela —era el mismo muchacho desaliñado y menudo, rebosando prejuicios hasta por las orejas, pero insólitamente brillante, ganó el Newcastle. Pues sí… y siguió su camino.



Sin embargo Prickett Ellis, en el momento en que mirando hacia atrás contemplaba como Dalloway se alejaba, deseó no haberse encontrado con él, o, al menos, ya que siempre había sentido personal simpatía hacia él, no haberle prometido asistir a la velada. Dalloway estaba casado, daba fiestas, y no era, ni mucho menos, un hombre de la clase de Ellis. Esta noche Ellis tendría que vestirse de etiqueta. Sin embargo, al acercarse la noche, Ellis pensó que, por haberse comprometido, y no sintiendo deseo alguno de cometer una grosería, estaba obligado a ir.



¡Pero qué diversión tan horrenda! Allí estaba Joynson. Ellis y Joynson nada tenían que decirse. Joynson había sido un muchachito cargado de pretensiones, y ahora, al paso del tiempo, todavía se daba más importancia a sí mismo… y esto era todo. En la sala no había nadie más a quien Ellis conociera. Nadie. Por lo tanto, y como sea que no podía irse inmediatamente, sin hablar un poco con Dalloway, quien parecía totalmente ocupado en el cumplimiento de sus deberes de anfitrión, yendo de un lado para otro, con su chaleco blanco, Prickett Ellis tuvo que quedarse. Era una de esas situaciones que le hacían hervir la sangre. ¡Pensar que hombres y mujeres mayores y responsables hicieran esto todas las noches de su vida…! Se le profundizaron las arrugas en sus mejillas afeitadas, rojas y azules, mientras, en total silencio, apoyaba la espalda en la pared; Prickett Ellis trabajaba como un negro, pero se mantenía en forma gracias a que hacía ejercicio; y tenía aspecto duro y altivo, hasta el punto de que su bigote causaba la impresión de estar cubierto de escarcha. Era un hombre erizado, áspero. Su modesto traje de etiqueta le daba aspecto desaliñado, insignificante, anguloso.



Ociosos, parlanchines, excesivamente bien vestidos, aquellos elegantes caballeros y damas, sin una sola idea en la cabeza, seguían charlando y riendo. Y Prickett Ellis los observaba y los comparaba con los Brunner, quienes, cuando ganaron el caso contra la Destilería Fenners y recibieron doscientas libras esterlinas de indemnización (no era ni la mitad de lo que les correspondía), se gastaron cinco de ellas en un reloj para él. Fue un noble gesto; fue una de esas cosas que le conmueven a uno, y Prickett Ellis miró más severamente que en cualquier momento anterior a aquella gente excesivamente bien vestida, cínica y próspera, y comparó lo que en estos momentos sentía con lo que había sentido a las once de la mañana cuando el señor y la señora Brunner, viejos los dos, vestidos con sus mejores ropas, ancianos de aspecto tremendamente respetable y limpio, le habían visitado para entregarle aquella pequeña muestra, como dijo el viejo señor Brunner, muy erguido en el momento de soltar su discursito, de gratitud y de respeto, por la gran competencia con que usted defendió nuestro caso, y la señora Brunner con voz débil dijo que, a su juicio, habían ganado el caso gracias a él. Y los dos estaban profundamente agradecidos por su generosidad, porque, desde luego, Prickett Ellis no cobró.



Y, cuando cogió el reloj y lo puso sobre la repisa del hogar, Prickett Ellis deseó que nadie viera su cara. Para esto trabajaba, ésta era su recompensa; y contempló a la gente que ahora tenía realmente ante su vista como si danzaran sobre aquella escena en su despacho y la escena constituyera una acusación para ellos, y cuando se esfumó —los Brunner se esfumaron—, como un resto de la escena quedó él, Prickett Ellis, enfrentándose con aquella hostil muchedumbre, como un hombre totalmente vulgar, sin el menor refinamiento, un hombre del pueblo (ahora se irguió), muy mal vestido, de furiosa mirada, sin el más leve aire de distinción, un hombre normal, un ordinario ser humano, que se enfrentaba con el mal, con la corrupción, con la despiadada naturaleza de la sociedad. Pero no podía seguir mirando. Ahora se puso las gafas y contempló los cuadros. Leyó los títulos de una hilera de libros; casi todos eran de poesía. Mucho le hubiera gustado volver a leer algunas de sus viejas obras favoritas —Shakespeare, Dickens—, le gustaría tener tiempo para entrar en la National Gallery, pero no podía — no — realmente no podía. Uno, de verdad, no podía; no, tal como estaba el mundo. No, cuando durante todo el día venía gente a pedirle ayuda a uno, cuando clamaban en petición de ayuda. La presente época no era época de lujos. Y miró los sillones, y los cortapapeles y los libros bien encuadernados, y sacudió la cabeza, consciente de que jamás tendría el tiempo suficiente, y jamás tendría, pensó con satisfacción, el valor suficiente para permitirse semejantes lujos. La gente que allí había quedaría escandalizada si supiera el precio del tabaco que consumía; tuvo que pedir prestado el traje que llevaba. Su único capricho era el barquito que tenía en Norfolk Broads. Esto sí, esto se lo permitía. Le gustaba, una vez al año, alejarse de todo y de todos, y yacer tumbado de espaldas en el campo. Pensó en lo mucho que se sorprendería —aquella gente elegante— si supiera el gran placer que le proporcionaba aquello que él llamaba, en términos anticuados, el amor a la naturaleza; árboles y campos que había conocido desde chico.



Estas elegantes personas quedarían sorprendidas y escandalizadas. En realidad, allí en pie, iba convirtiéndose en un ser más y más sorprendente, más y más chocante. Y se trataba de una sensación muy desagradable. No sentía aquello —que amaba a la humanidad, que gastaba sólo cinco peniques en ma onza de tabaco y que amaba a la naturaleza— de un manera tranquila y natural. Cada uno de estos placeres se había convertido en una protesta. Tenía la impresión de que aquella gente a la que despreciaba le obligaba a levantarse, a hablar y a justificarse. «Soy un hombre corriente», no dejaba de decir. Y lo que dijo a continuación le dio verdadera vergüenza decirlo, pero lo dijo. «En un solo día hago más en beneficio de mis semejantes que vosotros en toda vuestra vida.» Realmente, no podía ponerse freno; no hacía más que recordar escenas y escenas, como aquella en la que los Brunner le regalaron el reloj —y no hacía más que recordar las bellas frases que la gente había dicho sobre su humanidad, su generosidad, sobre lo mucho que la había ayudado. Se veía en el papel de sabio y tolerante servidor de la humanidad. Y sentía deseos de repetir esas frases en voz alta. Era desagradable que la conciencia de su bondad hirviera en su fuero interno. Era todavía más desagradable que a nadie pudiera decir lo que la gente había dicho de él. Gracias a Dios, repetía una y otra vez, mañana volveré a emprender mi trabajo; pero, a pesar de esto, ya no podía quedar satisfecho con el mero hecho de coger la puerta e irse a casa. Tenía que quedarse, tenía que quedarse hasta haberse justificado. Pero, ¿cómo iba a justificarse? En aquella estancia rebosante de gente, no conocía a nadie con quien pudiera hablar.



Por fin se acercó Richard Dalloway.



«Te presento a la señorita O’Keefe», dijo Richard Dalloway. La señorita O’Keefe miró rectamente a los ojos a Prickett Ellis. Era una mujer un tanto arrogante, de modales bruscos, y de unos treinta y tantos años de edad.



La señorita O’Keefe quería un helado o una bebida. Y la razón por la que pidió a Prickett Ellis que le buscara un helado, de una manera que, a juicio de éste, era altanera e injustificable, radicaba en que la señorita O’Keefe había visto a una mujer y a dos niños, muy pobres, muy fatigados, mirando, pegados a la verja de una plaza, en aquella ardiente tarde. ¿Se les puede dejar entrar?, se preguntó la señorita O’Keefe, mientras su compasión se alzaba como una ola, mientras hervía de indignación. No, dijo reprendiéndose a sí misma, en el instante siguiente, rudamente, como si se tirase de las orejas. Ni siquiera todas las fuerzas del mundo entero pueden. En consecuencia, la señorita O’Keefe cogió la pelota de tenis y la devolvió. Ni siquiera todas las fuerzas del mundo entero pueden, se dijo furiosa, y ésta era la razón por la que tan imperiosamente dijo a aquel desconocido: «Tráigame un helado.»



Mucho antes de que la señorita O’Keefe se hubiera comido el helado, Prickett Ellis, en pie a su lado y sin tomar nada, le dijo que no había ido a una fiesta en quince años, le dijo que el traje de etiqueta que llevaba se lo había prestado su cuñado, le dijo que no le gustaban las reuniones de aquella clase, y Prickett Ellis hubiera quedado muy tranquilizado si hubiera seguido adelante, diciendo a la señorita O’Keefe que él era un hombre corriente que tenía simpatía a la gente corriente, y luego le hubiera contado (y después se hubiese avergonzado de ello) el asunto de los Brunner y del reloj, pero la señorita O’Keefe dijo: «¿Ha visto usted La Tempestad?» Y después (ya que Prickett Ellis no había visto La Tempestad), ¿había leído tal libro? Que no otra vez, y luego, dejando el helado, ¿nunca leía poesía?



Y Prickett Ellis, sintiendo que en su interior se alzaba algo capaz de decapitar a aquella mujer, de transformarla en una víctima, de destrozarla sangrientamente, la obligó a sentarse allí, abajo, donde no serían interrumpidos, en dos sillas, en el jardín desierto, ya que todos estaban en la casa, y allí sólo se podía oír el zumbido y el murmullo, el parloteo y los tintineos, como el acompañamiento de una fantasmal orquesta a uno o dos gatos deslizándose sobre el césped, y el movimiento de las hojas y los frutos amarillos y rojos, como farolillos chinos, balanceándose de aquí para allá, allí donde la conversación parecía una frenética música de baile para esqueletos, opuesta a algo muy real y rebosante de sufrimientos.



«Qué hermoso», dijo la señorita O’Keefe.



Sí, era hermosa aquella porción de terreno cubierta de césped, con las torres de Westminster agrupadas a su alrededor, negras, alzándose en el aire, después de haber estado en el salón; había silencio, después de tanto ruido. A fin de cuentas, tenían esto, la mujer fatigada y los niños.



Prickett Ellis encendió la pipa. Esto sorprendería desagradablemente a la señorita O’Keefe; la había llenado con tabaco apestoso, cinco peniques y medio la onza. Pensó en lo bien que estaría tumbado en su yatecillo, fumando, y se vio a sí mismo, solo, por la noche, fumando bajo las estrellas. Sí, ya que en todo instante, aquella noche, no había hecho más que pensar en el aspecto que él presentaría, si aquella gente le viera. Mientras encendía una cerilla rascándola contra la suela del zapato, dijo a la señorita O’Keefe que, a su juicio, allí nada había que destacara por su hermosura.



«Quizá», dijo la señorita O’Keefe, «a usted no le gusta la belleza.» (Prickett Ellis le había dicho que no había visto La Tempestad, que no había leído un libro, y tenía un aspecto desaliñado, todo él bigotes, barbilla y cadena de plata para el reloj.) La señorita O’Keefe pensó que, para gozar de aquello, no era preciso pagar siquiera un penique; los museos son gratuitos, igual que la National Gallery; y el campo. Desde luego, la señorita O’Keefe sabía las objeciones —la colada, la cocina, los hijos—, pero la verdad radical, lo que todos temían decir, consistía en que la felicidad es baratísima. Se adquiere por nada. La belleza.



Entonces Prickett Ellis le dio su merecido, a aquella pálida, brusca y arrogante mujer. Soltando una bocanada de humo apestoso, le dijo lo que había hecho en aquel día. En pie a las seis; entrevistas; olisquear una tubería reventada en un sucio barrio de miseria; y después al juzgado.



Aquí Prickett Ellis dudó, ya que deseaba contarle un poco sus hazañas. Como sea que se privó de ello, las palabras de Prickett Ellis adquirieron más causticidad. Dijo que le daba vómito oír a mujeres bien alimentadas y bien vestidas (en cuyo momento la señorita O’Keefe frunció los labios, por cuanto era flaca y su vestido dejaba que desear) hablar de belleza.



«¡La belleza!», dijo Prickett Ellis. Mucho temía que él no comprendía la belleza, separada del ser humano.



Los dos miraron fijamente el desierto jardín, en el que las luces se balanceaban, y un gato dubitativo, en medio, levantaba una pata.



¿La belleza separada del ser humano? ¿Qué quería decir con ello?, preguntó bruscamente la señorita O’Keefe.



Pues bien, quería decir lo siguiente: excitándose más y más, Prickett Ellis le contó el asunto de los Brunner y del reloj, sin ocultar el orgullo que le producía. Esto era bello, dijo.



La señorita O’Keefe no tenía palabras con que expresar el horror que la historia provocó en ella. En primer lugar, la vanidad de Prickett Ellis; en segundo lugar, la manera indecente con que hablaba de los humanos sentimientos; era una blasfemia; nadie en el mundo tenía derecho a contar una historia a fin de demostrar que amaba al prójimo. Sin embargo, mientras Prickett Ellis habló —del viejo en pie y erguido, pronunciando su discursito—, las lágrimas acudieron a los ojos de la señorita O’Keefe; ¡ah, si alguien le hubiera dicho aquello a ella!, pero, a pesar de todo, la señorita O’Keefe pensó que era precisamente esto lo que condenaba irremediablemente a la humanidad; la gente nunca llegaría más allá, siempre se limitaría a contar conmovedoras escenas con relojes; siempre habría Brunners soltando discursos a Pricketts Ellis, y los Pricketts Ellis estarían siempre diciendo lo mucho que amaban al prójimo; siempre serían perezosos, transigentes, y temerosos de la belleza. De ahí nacían las revoluciones; de la pereza y el temor y este amor a las escenas conmovedoras. Sin embargo, los Brunner producían placer a aquel hombre; y ella estaba condenada a sufrir siempre, siempre, por culpa de las pobres mujeres que no pueden entrar en plazas. En consecuencia, guardaron silencio, sentados. Los dos eran muy desdichados. Sí, ya que, lo que había dicho, en nada había aliviado a Prickett Ellis; en vez de arrancar la espina de la señorita O’Keefe no había hecho otra cosa que hundirla más; la felicidad que Prickett Ellis había experimentado aquella mañana había quedado hecha trizas. La señorita O’Keefe había quedado confusa y enojada; como agua embarrada y no como agua clara.



«Mucho me temo que soy uno de estos seres tan normales y corrientes», dijo Prickett Ellis poniéndose en pie, «que aman al prójimo.»



En cuyo momento, la señorita O’Keefe casi gritó: «Yo también.»



Odiándose recíprocamente, odiando a toda aquella gente que llenaba la casa, y que les había proporcionado aquella velada de desilusión y de dolor, aquella pareja de amantes del prójimo se separó, sin decir palabra, para siempre.

18 jun 2012

El potro salvaje

Horacio Quiroga



Era un caballo, un joven potro de corazón ardiente, que llegó del desierto a la ciudad a vivir del espectáculo de su velocidad.

Ver correr a aquel animal era, en efecto, un espectáculo considerable. Corría con la crin al viento y el viento en sus dilatadas narices. Corría, se estiraba; se estiraba más aún, y el redoble de sus cascos en la tierra no se podía medir. Corría sin reglas ni medida, en cualquier dirección del desierto y a cualquier hora del día. No existían pistas para la libertad de su carrera, ni normas para el despliegue de su energía. Poseía extraordinaria velocidad y un ardiente deseo de correr. De modo que se daba todo entero en sus disparadas salvajes y ésta era la fuerza de aquel caballo.

A ejemplo de los animales muy veloces, el joven potro tenía muy pocas aptitudes para el arrastre. Tiraba mal, sin coraje, ni bríos, ni gusto. Y como en el desierto apenas alcanzaba el pasto para sustentar a los caballos de pesado tiro, el veloz animal se dirigió a la ciudad para vivir de sus carreras.

En un principio entregó gratis el espectáculo de su gran velocidad, pues nadie hubiera pagado una brizna de paja por verlo -ignorantes todos del corredor que había en él-. En bellas tardes, cuando las gentes poblaban los campos inmediatos a la ciudad -y sobre todo los domingos-, el joven potro trotaba a la vista de todos, arrancaba de golpe, deteníase, trotaba de nuevo humeando el viento para lanzarse al fin a toda velocidad, tendido en una carrera loca que parecía imposible superar y que superaba a cada instante, pues aquel joven potro, como hemos dicho, ponía en sus narices, en sus cascos y en su carrera todo su ardiente corazón.

Las gentes quedaron atónitas ante aquel espectáculo que se apartaba de todo lo que acostumbraban ver, y se retiraron sin apreciar la belleza de aquella carrera.

-No importa -se dijo el potro alegremente-. Iré a ver un empresario de espectáculos, y ganaré, entretanto lo suficiente para vivir.

De qué había vivido hasta entonces en la ciudad apenas él podía decirlo. De su propia hambre seguramente y de algún desperdicio desechado en el portón de los corralones. Fue, pues, a ver a un organizador de fiestas.

-Yo puedo correr ante el público -dijo el caballo-, si me pagan por ello. No sé qué puedo ganar; pero mi modo de correr ha gustado a algunos hombres.

-Sin duda, sin duda... -le respondieron-. Siempre hay algún interesado en estas cosas... No es cuestión, sin embargo, de que se haga ilusiones. .. Podríamos ofrecerle, con un poco de sacrificio de nuestra parte...

El potro bajó los ojos hacia la mano del hombre, y vio lo que le ofrecían: era un montón de paja, un poco de pasto ardido y seco.

-No podemos más... Y así mismo...

El joven animal consideró el puñado de pasto con que se pagaban sus extraordinarias dotes de velocidad, y recordó las muecas de los hombres ante la libertad de su carrera, que cortaba en zig-zag las pistas trilladas.

-No importa -se dijo alegremente-. Algún día se divertirán. Con este pasto ardido podré, entretanto, sostenerme.

Y aceptó contento, porque lo que él quería era correr. Corrió, pues, ese domingo y los siguientes, por igual puñado de pasto cada vez, y cada vez dándose con toda el alma en su carrera. Ni un solo momento pensó en reservarse, engañar, seguir las rectas decorativas por halago de los espectadores, que no comprendían su libertad. Comenzaba al trote, como siempre, con las narices de fuego y la cola en arco; hacía resonar la tierra en sus arranques, para lanzarse por fin a escape a campo traviesa, en un verdadero torbellino de ansia, polvo y tronar de cascos. Y por premio, su puñado de pasto seco, que comía contento y descansado después del baño.

A veces, sin embargo, mientras trituraba con su joven dentadura los duros tallos, pensaba en las repletas bolsas de avena que veía en las vidrieras, en la gula de maíz y alfalfa olorosa que desbordaba de los pesebres.

-No importa -se decía alegremente-. Puedo darme por contento con este rico pasto.

Y continuaba corriendo con el vientre ceñido de hambre, como había corrido siempre.Poco a poco, sin embargo, los paseantes de los domingos se acostumbraron a su libertad de carrera, y comenzaron a decirse unos a otros que aquel espectáculo de velocidad salvaje, sin reglas ni cercas, causaba una bella impresión.

-No corre por las sendas como es costumbre -decían-, pero es muy veloz. Tal vez tiene ese arranque porque se siente más libre fuera de las pistas trilladas.

En efecto, el joven potro, de apetito nunca saciado y que obtenía apenas de qué vivir con su ardiente velocidad, se empleaba a fondo por un puñado de pasto, como si esa carrera fuera la que iba a consagrarlo definitivamente. Y tras el baño, comía contento su ración -la ración basta y mínima del más oscuro de los más anónimos caballos-.

-No importa -se decía alegremente-. Ya llegará el día en que se diviertan.

El tiempo pasaba, entre tanto. Las voces cambiadas entre los espectadores cundieron por la ciudad, traspasaron sus puertas, y llegó por fin un día en que la admiración de los hombres se asentó confiada y ciega en aquel caballo de carrera. Los organizadores de espectáculos llegaron en tropel a contratarlo, y el potro, ya de edad madura, que había corrido toda su vida por un puñado de pasto, vio tendérsele, en disputa, apretadísimos fardos de alfalfa, macizas bolsas de avena y maíz -todo en cantidad incalculable- por el solo espectáculo de su carrera.

Entonces el caballo tuvo por primera vez un pensamiento de amargura, al pensar en lo feliz que hubiera sido en su juventud si le hubieran ofrecido la milésima parte de lo que ahora le introducían gloriosamente en el gaznate.

-En aquel tiempo -se dijo melancólicamente-, un sólo puñado de alfalfa como estímulo, cuando mi corazón saltaba de deseos de correr, hubiera hecho de mí el más feliz de los seres. Ahora estoy cansado.

En efecto, estaba cansado. Su velocidad era, sin duda la misma de siempre y el mismo espectáculo de su salvaje libertad. Pero no poseía ya el ansia de correr de otros tiempos. Aquel vibrante deseo de tenderse a fondo, que antes ci joven potro entregaba alegre por un montón de paja, precisaba ahora toneladas de exquisito forraje para despertar. El triunfante caballo pensaba largamente las ofertas, calculaba, especulaba finamente en sus descansos. Y cuando los organizadores se entregaban por último a sus exigencias, recién entonces sentía deseos de correr. Corría entonces como él sólo era capaz de hacerlo; y regresaba a deleitarse ante la magnificencia del forraje ganado.

Cada vez, sin embargo, el caballo era más difícil de satisfacer, aunque los organizadores hicieran verdaderos sacrificios para excitar, adular, comprar aquel deseo de correr que moría bajo la presión del éxito. Y el potro comenzó entonces a temer por su prodigiosa velocidad, si la entregaba toda en cada carrera. Corrió, entonces, por primera vez en su vida, reservándose, aprovechándose cautamente del viento y las largas sendas regulares. Nadie lo notó -o por ello fue acaso más aclamado que nunca- pues se creía ciegamente en su salvaje libertad para correr.

Libertad... No, ya no la tenía. La había perdido desde el primer instante en que reservó sus fuerzas para no flaquear en la carrera siguiente. No corrió más a campo traviesa, ni contra el viento. Corrió sobre sus propios rastros más fáciles, sobre aquellos zigzags que más ovaciones habían arrancado. Y en el miedo, siempre creciente, de agotarse, llegó un momento en que el caballo de carrera aprendió a correr con estilo, engañando, escarceando cubierto de espuma por las sendas más trilladas. Y un clamor de gloria lo divinizó.

Pero dos hombres que contemplaban aquel lamentable espectáculo, cambiaron algunas tristes palabras.

-Yo lo he visto correr en su juventud -dijo el primero-, y si uno pudiera llorar por un animal, lo haría en recuerdo de lo que hizo este mismo caballo cuando no tenía qué comer.

-No es extraño que lo haya hecho antes -dijo el segundo-. Juventud y Hambre son el más preciado don que puede conceder la vida a un fuerte corazón.

Joven potro: tiéndete a fondo en tu carrera, aunque apenas se te dé para comer. Pues si llegas sin valor a la gloria por pingüe forraje, te salvará el haberte dado un día todo entero por un puñado de pasto.


8 jun 2012

Querido Diego, te abraza Quiela


Elena Poniatowska
Tomado del libro: Querido Diego, te abraza Quiela, México, sep/Ediciones Era, 1994.



En los papeles que están sobre la mesa, en vez de los bocetos habituales, he escrito con una letra que no reconozco: “Son las seis de la mañana y Diego no está aquí.” En otra hoja blanca que nunca me atrevería a emplear si no es para un dibujo, miro con sorpresa mi garabato: “Son las ocho de la mañana, no oigo a Diego hacer ruido, ir al baño, recorrer el tramo de la entrada hasta la ventana y ver el cielo en un movimiento lento y grave como acostumbra hacerlo y creo que voy a volverme loca”, y en la misma más abajo: “Son las once de la mañana, estoy un poco loca, Diego definitivamente no está, pienso que no vendrá nunca y giro en el cuarto como alguien que ha perdido la razón.

No tengo en qué ocuparme, no me salen los grabados, hoy no quiero ser dulce, tranquila, decente, sumisa, comprensiva, resignada, las cualidades que siempre ponderan los amigos. Tampoco quiero ser maternal; Diego no es un niño grande, Diego sólo es un hombre que no escribe porque no quiere y me ha olvidado por completo.” Las últimas palabras están trazadas con violencia, casi rompen el papel y lloro ante la puerilidad de mi desahogo. ¿Cuándo lo escribí? ¿Ayer? ¿Antier? ¿Anoche? ¿Hace cuatro noches? No lo sé, no lo recuerdo. Pero ahora Diego, al ver mi desvarío te lo pregunto y es posiblemente la pregunta más grave que he hecho en mi vida. ¿Ya no me quieres, Diego? Me gustaría que me lo dijeras con toda franqueza. Has tenido suficiente tiempo para reflexionar y tomar una decisión por lo menos en una forma inconsciente, si es que no has tenido la ocasión de formularla en palabras. Ahora es tiempo de que lo hagas. De otro modo arribaremos a un sufrimiento inútil, inútil y monótono como un dolor de muelas y con el mismo resultado. La cosa es que no me escribes, que me escribirás cada vez menos si dejamos correr el tiempo y al cabo de unos cuantos años llegaremos a vernos como extraños si es que llegamos a vernos.

En cuanto a mí, puedo afirmar que el dolor de muelas seguirá hasta que se pudra la raíz; entonces ¿no sería mejor que me arrancaras de una vez la muela, si ya no hallas nada en ti que te incline hacia mi persona? Recibo de vez en cuando las remesas de dinero, pero tus recados son cada vez más cortos, más impersonales y en la última no venía una sola línea tuya. Me nutro indefinidamente con un “Estoy bien, espero que tú lo mismo, saludos, Diego” y al leer tu letra adorada trato de adivinar algún mensaje secreto, pero lo escueto de las líneas escritas a toda velocidad deja poco a la imaginación. Me cuelgo de la frase: “Espero que tú lo mismo” y pienso: “Diego quiere que yo esté bien” pero mi euforia dura poco, no tengo con qué sostenerla. Debería quizá comprender por ello que ya no me amas, pero no puedo aceptarlo. De vez en cuando, como hoy, tengo un presentimiento pero trato de borrarlo a toda costa. Me baño con agua fría para espantar las aves de mal agüero que rondan dentro de mí, salgo a caminar a la calle, siento frío, trato de mantenerme activa, en realidad, deliro. Y me refugio en el pasado, rememoro nuestros primeros encuentros en que te aguardaba enferma de tensión y de júbilo. Pensaba: en medio de esta multitud, en pleno día entre toda esta gente; del Boulevard Raspail, no, de Montparnasse entre estos hombres y mujeres que surgen de la salida del metro y van subiendo la escalera, él va a aparecer, no, no aparecerá jamás porque es sólo un producto de mi imaginación, por lo tanto yo me quedaré aquí plantada en el café frente a esta mesa redonda y por más que abra los ojos y lata mi corazón, no veré nunca a nadie que remotamente se parezca a Diego.

Temblaba yo, Diego, no podía ni llevarme la taza a los labios, ¡cómo era posible que tú caminaras por la calle como el común de los mortales!, escogieras la acera de la derecha; ¡sólo un milagro te haría emerger de ese puñado de gente cabizbaja, oscura y sin cara, y venir hacia mí con el rostro levantado y tu sonrisa que me calienta con sólo pensar en ella! Te sentabas junto a mí como si nada, inconsciente ante mi expectativa dolorosa y volteabas a ver al hindú que leía el London Times y al árabe que se sacaba con el tenedor el negro de las uñas. Aún te veo con tus zapatos sin bolear, tu viejo sombrero olanudo, tus pantalones arrugados, tu estatura monumental, tu vientre siempre precediéndote y pienso que nadie absolutamente, podría llevar con tanto señorío prendas tan ajadas.

Yo te escuchaba quemándome por dentro, las manos ardientes sobre mis muslos, no podía pasar saliva y sin embargo parecía tranquila y tú lo comentabas: “¡Qué sedante eres Angelina, qué remanso, qué bien te sienta tu nombre, oigo un levísimo rumor de alas!” Yo estaba como drogada, ocupabas todos mis pensamientos, tenía un miedo espantoso de defraudarte. Te hubiera telegrafiado en la noche misma para recomponer nuestro encuentro, porque repasaba cada una de nuestras frases y me sentía desgraciada por mi torpeza, mi nerviosidad, mis silencios, rehacía, Diego, un encuentro ideal para que volvieras a tu trabajo con la certeza de que yo era digna de tu atención, temblaba Diego, estaba muy consciente de mis sentimientos y de mis deseos inarticulados, tenía tanto qué decirte —pasaba el día entero repitiéndome a mí misma lo que te diría— y al verte de pronto, no podía expresarlo y en la noche lloraba agotada sobre la almohada, me mordía las manos: “Mañana no acudirá a la cita, mañana seguro no vendrá. Qué interés puede tener en mí” y a la tarde siguiente, allí estaba yo frente al mármol de mi mesa redonda, entre la mesa de un español que miraba también hacia la calle y un turco que vaciaba el azucarero en su café, los dos ajenos a mi desesperación, a la taza entre mis manos, a mis ojos devoradores de toda esa masa gris y anónima que venía por la calle, en la cual tú tendrías que corporizarte y caminar hacia mí.

¿Me quieres, Diego? Es doloroso sí, pero indispensable saberlo. Mira Diego, durante tantos años que estuvimos juntos, mi carácter, mis hábitos, en resumen, todo mi ser sufrió una modificación completa: me mexicanicé terriblemente y me siento ligada par procuration a tu idioma, a tu patria, a miles de pequeñas cosas y me parece que me sentiré muchísimo menos extranjera contigo que en cualquier otra tierra. El retorno a mi hogar paterno es definitivamente imposible, no por los sucesos políticos sino porque no me identifico con mis compatriotas. Por otra parte me adapto muy bien a los tuyos y me siento más a gusto entre ellos.

Son nuestros amigos mexicanos los que me han animado a pensar que puedo ganarme la vida en México, dando lecciones.

Pero después de todo, esas son cosas secundarias. Lo que importa es que me es imposible emprender algo a fin de ir a tu tierra, si ya no sientes nada por mí o si la mera idea de mi presencia te incomoda. Porque en caso contrario, podría hasta serte útil, moler tus colores, hacerte los estarcidos, ayudarte como lo hice cuando estuvimos juntos en España y en Francia durante la guerra. Por eso te pido Diego que seas claro en cuanto a tus intenciones. Para mí, en esta semana, ha sido un gran apoyo la amistad de los pintores mexicanos en París, Ángel Zárraga sobre todo, tan suave de trato, discreto hasta la timidez. En medio de ellos me siento en México, un poco junto a ti, aunque sean menos expresivos, más cautos, menos libres. Tú levantas torbellinos a tu paso, recuerdo que alguna vez Zadkin me preguntó: “¿Está borracho?” Tu borrachera venía de tus imágenes, de las palabras, de los colores; hablabas y todos te escuchábamos incrédulos; para mí eras un torbellino físico, además del éxtasis en que caía yo en tu presencia, junto a ti era yo un poco dueña del mundo. Élie Faure me dijo el otro día que desde que te habías ido, se había secado un manantial de leyendas de un mundo sobrenatural y que los europeos teníamos necesidad de esta nueva mitología porque la poesía, la fantasía, la inteligencia sensitiva y el dinamismo de espíritu habían muerto en Europa. Todas esas fábulas que elaborabas en torno al sol y a los primeros moradores del mundo, tus mitologías, nos hacen falta, extrañamos la nave espacial en forma de serpiente emplumada que alguna vez existió, giró en los ciclos y se posó en México. Nosotros ya no sabemos mirar la vida con esa gula, con esa rebeldía fogosa, con esa cólera tropical; somos más indirectos, más inhibidos, más disimulados. Nunca he podido manifestarme en la forma en que tú lo haces; cada uno de tus ademanes es creativo; es nuevo, como si fueras recién nacido, un hombre intocado, virginal, de una gran e inexplicable pureza.

Se lo dije alguna vez a Bakst y me contestó que provenías de un país también recién nacido: “Es un salvaje —respondió— los salvajes no están contaminados por nuestra decadente ci-vi-li-za-ción, pero ten cuidado porque suelen tragarse de un bocado a las mujeres pequeñas y blancas.” ¿Ves cuán presente te tenemos, Diego? Como lo ves estamos tristes. Élie Faure dice que te ha escrito sin tener respuesta. ¿Qué harás en México, Diego, qué estarás pintando? Muchos de nuestros amigos se han dispersado. Marie Blanchard se fue de nuevo a Brujas a pintar y me escribió que trató de alquilar una pieza en la misma casa en que fuimos tan felices y nos divertimos tanto, cuando te levantabas al alba a adorar al sol y las mujeres que iban al mercado soltaban sus canastas de jitomates, alzaban los brazos al cielo y se persignaban al verte parado en el pretil de la ventana, totalmente desnudo. Juan Gris quiere ir a México y cuenta con tu ayuda, le prometiste ver al Director del Instituto Cultural de tu país, Ortiz de Zárate y Ángel Zárraga piensan quedarse otro tiempo, Lipschitz también mencionó su viaje, pero últimamente le he perdido la pista porque dejó de visitarme. Picasso se fue al sur en busca del sol; de los Zeting nada, como te lo he escrito en ocasiones anteriores. A veces, pienso que es mejor así. Hayden, a quien le comuniqué la frecuencia con la que te escribía, me dijo abriendo los brazos: “Pero, Angelina ¿cuánto crees que tarden las cartas?

Tardan mucho, mucho, uno, dos, tres meses y si tú le escribes a Diego cada ocho, quince días, como me lo dices, no da tiempo para que él te conteste.” Me tranquilizó un poco, no totalmente, pero en fin, sentí que la naturaleza podía conspirar en contra nuestra. Sin embargo, me parece hasta inútil recordarte que hay barcos que hacen el servicio entre Francia y México. Zadkin en cambio me dijo algo terrible mientras me echaba su brazo alrededor de los hombros obligándome a caminar a su lado: “Angelina, ¿qué no sabes que el amor no puede forzarse a través de la compasión?”

Mi querido Diego te abrazo fuertemente, desesperadamente por encima del océano que nos separa.


Tu Quiela

3 jun 2012

Los locos somos otro cosmos


Oscar de la Borbolla
Tomado del libro: Las vocales malditas



Otto colocó los shocks. Rodolfo mostró los ojos con horror: dos globos rojos, torvos, con poco fósforo como bolsos fofos; combó los hombros, sollozó: "No doctor, no... loco no..." Sor Socorro lo frotó con yodo: "Pon flojos los codos -rogó-, ponlos como yo. Nosotros no somos ogros." Sor Flor tomó los mohosos polos color corcho ocroso; con gozo comprobó los shocks con los focos: los tronó, brotó polvo con ozono. Rodolfo oró, lloró con dolor: "No doctor Otto, shocks no..." Sor Socorro con monótono rostro colocó los pomos: ocho con formol, dos con bromo, otros con cloro. Rodolfo los nombró doctos, colosos, con dolorosos tonos los honró. Como no los colmó, los provocó: "Son sólo orcos, zorros, lobos. ¡Monos roñosos!" Sor Flor, con frondoso dorso, lo tomó por los hombros; sor Socorro lo coronó como robot con hosco gorro con plomos. Rodolfo con fogoso horror dobló los codos, forzó todos los poros, chocó con los pomos, los volcó; soltó tosco trompón, sor Socorro rodó como tronco. "¡Pronto, doctor Otto! -convocó sor Flor-. ¡Pronto con cloroformo! ¡Yo lo cojo!..." Rodolfo, lloroso con mocos, los confrontó como toro bronco; tomó rojo pomo, gordo como porrón. Sor Flor sonó como gong, rodó como trompo, zozobró.

Otto, solo con Rodolfo, rogó como follón, rogó con dolo: "Rodolfo... don Rodolfo, yo lo conozco... como doctor no gozo con los shocks; son lo forzoso. Los propongo con hondo dolor... Yo lloro por todos los locos, con shocks los compongo...

-No, doctor. No -sopló ronco Rodolfo-. Los shocks no son modos. Los locos no somos pollos. Los shocks son como hornos; son potros con motor, sonoros como coros o como cornos... No, doctor Otto, los shocks no son forzosos, son sólo poco costosos, son lo cómodo, lo no moroso, lo pronto... Doctor, los locos sólo somos otro cosmos, con otros otoños, con otro sol. No somos lo morboso; sólo somos lo otro, lo no ortodoxo. Otro horóscopo nos tocó, otro polvo nos formó los ojos, como formó los olmos o los osos o los chopos o los hongos. Todos somos colonos, sólo colonos. Nosotros somos los locos, otros son loros, otros, topos o zoólogos o, como vosotros, ontólogos. Yo no los compongo con shocks, no los troncho, no los rompo, no los normo...

Rodolfo monologó con honroso modo: probó, comprobó, cómo los locos sólo son lo otro. Otto, sordo como todo ortodoxo, no lo oyó, lo tomó por tonto; trocó todos los pros, los borró; sólo lo soportó por follón: obró con dolo. Rodolfo no lo notó. Otto rondó los pomos, tomó dos con cloroformo, como molotovs los botó. Rodolfo con los ojos rotos mostró los rojos hombros; notó poco dolor, borrosos los contornos, gordos los codos; flotó. Con horroroso torzón rodó con hondo sopor. Rodolfo soñó. Soñó con rocs, con blondos gnomos, con pomposos tronos, con pozos con oro, con foros boscosos con olorosos lotos. Todo lo tocó: los olmos con cocos, los conos con oporto rojo, los bongós con tonos como Fox Trot.

Otto lo forró con tosco cordón, lo sofocó. Rodolfo sólo roncó. Sor Socorro tornó con poco color. Sor Flor con bochorno tomó ron: "Oh, doctor -lloró-, oh, oh, nos dobló con sonoro trompón." Otto contó cómo lo controló.

-Otto, pospón los shocks -rogó sor Socorro.

-No, no los pospongo. Loco o no, yo lo jodo. No soporto los rollos... Pronto, ponlo con gorro.

-¿Cómo, doctor -notó sor Flor-, ocho volts?

-No, no sólo ocho. ¡Todos los volts! Yo no sólo drogo, yo domo... Lo domo o lo corrompo como bonzo.

-¡Oh no, doctor Otto!, como bonzo no.

-¡Cómo no, sor Socorro! Nosotros no somos tórtolos o mocosos; somos los doctos... ¡Ojo, sor Socorro! No soporto los complots...

Otto con morbo soltó todos los volts, los prolongó con gozo. Sor Socorro con sonrojo sollozó. Sor Flor oró por Rodolfo. Rodolfo roló como mono, tronó como mosco. Otto lo nombró: "Don gorgojo", "loco roñoso", "golfo". Rodolfo zozobró con sonso momo. Otto cortó los shocks.

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