29 sept 2012

Tito nunca más


Mempo Giardinelli
Para Pierpaolo Marchetti



1/
El mundo se le vino abajo el día que le cortaron la pierna. Solo tenía dieciocho años y era un centrodelantero natural, uno de los mejores número nueve surgido jamás de las divisiones inferiores de Chaco For Ever. Acababa de ser vendido a Boca Juniors, donde iba a debutar semanas después, cuando recibió la citación para ir a la Guerra. Aquel verano del ’82 el General Galtieri ordenó atacar las Islas Malvinas y Tito Di Tullio fue convocado al término de la primera semana. Ahí empezó su calvario.

Le tocó estar en la batalla de Bahía de los Gansos, en la que los cañones ingleses convirtieron las praderas en infierno, los Harriers atacaban como palomas malignas y los gurkas se movían como alacranes. Un granadazo hizo volar por los aires la trinchera que habían cavado por la mañana y una esquirla en la pierna derecha le quebró el fémur y lo dejó tendido, boca arriba, mirando un punto fijo en el cielo como pidiéndole una explicación. Enseguida reaccionó y, en medio de la balacera, se hizo un torniquete para detener la pérdida de sangre. La herida no hubiera sido demasiado grave si lo hubiesen atendido a tiempo, pero la incompetencia militar argentina y la furia británica lo obligaron a permanecer allí por muchas horas, durante las que fue sintiendo cómo la gangrena o como se llamase esa mierda que lo paralizaba le tomaba toda la pierna. El bombardeo y la metralla, ruidosamente unánimes, impedían todo movimiento, y Tito, que parecía un muerto más en el campo de batalla, solo pudo llorar amargamente, inmóvil y aterrado por el dolor y por el miedo, dándose cuenta, además, de que nunca más volvería a jugar al fútbol.

Lo encontraron desvanecido y alguno dijo después que los ingleses lo habían dado por muerto. Unos soldados enfermeros del 7º de Artillería que marchaban en retirada, al día siguiente, lo reconocieron. Chaqueños todos ellos, uno dijo ché éste se parece al Tito Di Tullio, el nueve de For Ever, y otro dijo no parece, boludo, es el Tito y está vivo.

Lo colocaron en una camilla improvisada y lo llevaron hasta el comando del regimiento, que por esas horas empezaba a rendirse. La desmoralización era general y nadie sabía quién mandaba. Todos los oficiales estaban desconcertados y de hecho habían abandonado a sus tropas. Batallones enteros estaban a cargo de sargentos, o simples cabos, y cuando llegó la camilla en la que agonizaba ese soldado que había perdido muchísima sangre, alguien, seguramente un oficial británico, dispuso que fuese operado de urgencia en uno de los hospitales de campaña que los ingleses instalaron en Puerto Argentino, nuevamente llamado por ellos Port Stanley.

Allí le cortaron la pierna. Nadie supo ni sabría jamás si fue lo mejor que se podía hacer en aquel momento, pero fue lo que hicieron. Así terminó la guerra para Tito Di Tullio, y también se terminaron su carrera futbolística y sus ganas de vivir.


2/
Cuando regresó al Chaco, cuatro meses después, apenas sostenía su cuerpo magro y encorvado apoyándose en un par de muletas. Pero lo que más impresionaba era la expresión de tristeza infinita que se le había estampado en la cara como un tatuaje virtual.

Esa misma, primera semana, las autoridades de Chaco For Ever le hicieron un homenaje en la cancha de la Avenida 9 de Julio. Con las tribunas repletas, minutos antes de un partido de liga todo el estadio lo aplaudió de pie, como a un héroe. Pero todos vimos, también, que Tito no se emocionaba ni sonreía; era apenas un cuerpo irregular coronado por esa tristeza imbatible. Era una mueca mezcla de horror, angustia y rabia, y todos vimos cómo sus ojos velados miraban la gramilla con resentimiento y más allá a unos chicos que jugaban con una pelota a la que Tito, me pareció, hubiese querido patear para siempre.

Desde entonces, muchas veces me pregunté cómo se hará para soportar semejante frustración. Los que estamos completos, y somos jóvenes, no podemos siquiera redondear la dimensión de nuestra piedad. Incapaces de imaginar la crueldad de la tragedia, nos la figuramos como un fantasma que jamás nos alcanzará, ocupado como está -suponemos- en hacer estragos con las vidas de los otros.


3/
Como dos o tres años después, recuperada la democracia, un día yo salía del Cine Sep llevando del brazo a la que era mi novia, Lilita Martínez, y de pronto lo vi y me quedé paralizado. En pleno centro de la ciudad y a las nueve de la noche, apoyado sobre dos muletas deslucidas, de maderas cascadas por el uso y con un par de calcetines abullonados en las puntas a manera de absurdos zapatos silenciosos, Tito Di Tullio extendía una lata esperando que alguien depositara allí unas monedas.

Creo que él no me vio, y yo, cobardemente, no me atreví a acercarme. Di un rodeo arrastrando a Lilita del brazo, y luego me pasé la noche, en rueda de amigos, criticando estúpidamente al sistema político que permitía que nuestros pocos héroes de guerra fuesen humillados. Se suponía que los veteranos recibían algún subsidio del Estado, pero evidentemente eso no impedía que acabaran pordioseros. No había programas de trabajo para ellos, y además la sociedad los despreciaba: por duro que fuese reconocerlo, nadie quería ver en los ex combatientes su propia estupidez. Por eso, automarginados por el resentimiento infinito que los vencía, los supuestos héroes se habían convertido en un problema incómodo e irresoluble. Eran glorias de una guerra que ya no importaba a nadie y no valían más que un discurso por año en boca de algún cretino con poltrona en el poder.


4/
Durante un largo tiempo dejé de verlo, y nunca supe si fue por pura casualidad o porque Tito desapareció de las calles de la ciudad. Ya nadie hablaba de esa guerra y todo el país se alarmaba con otras crisis más visibles y cercanas.

La democracia era una ardua tarea a finales de los ochenta. La crisis económica empezaba a hacer estragos, y, como si la decadencia de muchas instituciones fuese una de sus consecuencias inevitables, también For Ever se vino abajo. El club entró en una pendiente de la que todavía no termina de recuperarse: desafiliado de todas las ligas durante años, solo después de una amnistía se le permitió volver a jugar en los campeonatos promocionales del interior del país. Y esa reactivación futbolera demostró que la vieja pasión de los chaqueños por el único equipo que llegó a jugar en primera en varios torneos nacionales se mantenía intacta, y todos volvimos al viejo estadio de la 9 de Julio con las mismas antiguas banderas, bombos y entusiasmos.

Ahí reencontré a Tito, afuera del estadio, junto a las puertas de acceso a las tribunas populares. Los días de partido llegaba temprano, abría una mesita de tijera y colocaba sobre ella un canasto con golosinas y banderines, cigarrillos y cosas de poco valor, casi insignificantes, y se quedaba distraídamente apoyado en su único pie y con la muleta en el sobaco.

La primera vez me acerqué a saludarlo y él se dejó abrazar, mansamente, como un hombre resignado a su desdicha. Me pareció que no le disgustaba que la gente lo viese y saludase como a un viejo héroe, de la Guerra y de los listones blanquinegros de la casaca forevista. Pero enseguida me di cuenta de que, aunque devolvía todos los saludos, conservaba ese gesto mínimo, esa leve mueca de resentimiento que los viejos amigos, al menos, podíamos advertir.

Yo pensé que no aceptaba convertirse a sí mismo en recuerdo y que esa era su tragedia, porque seguía siendo un símbolo del For Ever campeón de los años de la Dictadura. El reconocimiento de la gente no era más que eso: un saludo momentáneo. Y aunque todos le brindaban su afecto, y más de uno le compraba cosas que no necesitaba, era obvio que en el fondo todo eso lo enfurecía secretamente. Por eso no entraba jamás a la cancha.

Lo observé durante varios fines de semana: desinteresado de lo que pasaba adentro, siempre de espaldas al estadio, su patético desprecio solo conseguía subrayar cuánto odiaba asumirse como mito, como estatua viviente del gran centrodelantero que la Guerra había malogrado.

Y en el exacto minuto en que comenzaba cada partido, Tito se iba. Casi en simultáneo, podía escucharse el pitazo dentro del campo y verlo desarmar la mesita. Velozmente plegaba la bandeja, la reconvertía en maletín, se la cargaba a la espalda y se marchaba a toda la velocidad que le permitía su andar irregular y roto.


5/
Una tarde me quedé afuera, y antes de que huyera me le acerqué. Yo había pensado varias veces, antes, en ayudarlo de algún modo. Una vez lo propuse para un trabajo en la universidad; otra convencí a los japoneses del Zan-En para que lo admitieran en la panadería. Pero él ni siquiera se presentó para hacerse cargo. Tampoco me agradeció las gestiones ni pareció apreciar mi comedimiento. De modo que dejé de insistir y aquella tarde, a las puertas de la cancha, simplemente quise invitarlo a ver juntos el partido desde la platea. For Ever jugaba contra Racing de Córdoba por las semifinales del Promocional, era un sábado soleado, la cancha estaba llena y yo había conseguido un par de buenos lugares.

Pero apenas formulé la invitación Tito me dijo que no con la cabeza, que movió frenéticamente. Nervioso, pero sobre todo enojado por mi insolencia, golpeó el piso con la muleta y me dijo “No jodás, andate de acá”. Y me miró fijo y sin pronunciar otras palabras me rogó con los ojos, que parecían de fuego, que me alejara de allí.

Me aparté, por supuesto, y entré a la cancha justo en el momento, apenas comenzado el partido, en que For Ever marcó un gol. A juzgar por el estallido jubiloso en las tribunas, la gritería y el rumor de los tablones repletos, había sido un golazo de esos que vuelven loca a la hinchada porque se producen en los primeros segundos del partido, cuando el equipo rival está apenas ordenándose en el campo. Me di vuelta para decirle dale Tito, vení, no te pierdas esta alegría, pero él ya se iba y cuando lo llamé no se dio vuelta, ni siquiera vaciló.


6/
Nunca más vi a Tito Di Tullio. Nunca más volvió al estadio, no lo vi más en la ciudad y aunque hice algunas preguntas, meses después, nadie supo darme razón. Muchas veces pensé que se habría suicidado, como tantos ex combatientes de Malvinas. Imaginé que lo encontraban colgado de una viga, o que se tiraba al Paraná desde lo más alto del puente que lleva a Corrientes. Y más de una mañana me descubrí, vergonzantemente, buscando una nota luctuosa en los diarios locales.

Pero nunca más lo vi y creo que fue lo mejor que pudo pasar. Tito perdió por goleada con la vida y acaso su único triunfo fue saber evaporarse.

Suelo pensar que esa es la clase de resultados que arrojan las guerras idiotas: nunca hay un final, un verdadero final para sus protagonistas anónimos. Solo ellos, cada uno de ellos y absolutamente nadie más, han de saber lo insoportable que es vivir con el resentimiento quemándote el alma.

Por eso, me dije, mejor olvidar a Tito, no buscarlo nunca más. En todo caso, capaz que un día de estos escribo un cuento y lo hago literatura.

24 sept 2012

Decir: Hacer, de Octavio Paz.

A Roman Jakobson


1

Entre lo que veo y digo,
Entre lo que digo y callo,
Entre lo que callo y sueño,
Entre lo que sueño y olvido,
la poesía.
                               Se desliza 
entre el sí y el no:
                                   dice
lo que callo,
                           calla
lo que digo,
                            sueña
lo que olvido.
                                              No es un decir:
es un hacer.
                                      Es un hacer
que es un decir.
                                         La poesía
se dice y se oye:
                                    es real.
Y apenas digo
                                  es real,
se disipa.
                                          ¿Así es más real?

2

Idea palpable,
                                  palabra
impalpable:
                                la poesía
va y viene
                                       entre lo que es
y lo que no es.
                                           Teje reflejos
y los desteje.
                                    La poesía
siembra ojos en las páginas
siembra palabras en los ojos.
Los ojos hablan,
                                                        las palabras miran,
las miradas piensan.
                                     Oír
los pensamientos,
                                 ver
lo que decimos,
                                 tocar
el cuerpo de la idea.
                                             Los ojos
se cierran,
                                                  las palabras se abren.



23 sept 2012

Los portadores de sueños


Gioconda Belli



En todas las profecías está escrita la destrucción del mundo.

Todas las profecías cuentan que el hombre creará su propia destrucción.

Pero los siglos y la vida que siempre se renueva engendraron también una generación de amadores y soñadores.

Hombres y mujeres que no soñaron con la destrucción del mundo, sino con la construcción del mundo de las mariposas y los ruiseñores.

Desde pequeños venían marcados por el amor, detrás de su apariencia cotidiana guardaban la ternura del sol de medianoche.

Las madres los encontraban llorando por un pájaro muerto y más tarde también los encontraron a muchos muertos como pájaros.

Estos seres cohabitaron con mujeres traslúcidas y las dejaron preñadas de miel y de hijos verdecidos por un invierno de caricias.

Así fue como proliferaron en el mundo los portadores de sueños.

Fueron atacados ferozmente por los portadores de profecías habladoras de catástrofes.

Los llamaron ilusos, románticos, pensadores de utopías dijeron que sus palabras eran viejas y, en efecto, lo eran porque la memoria del paraíso es antigua en el corazón del hombre.

Los acumuladores de riquezas les temían y lanzaban sus ejércitos contra ellos, pero los portadores de sueños todas las noches hacían el amor y seguía brotando su semilla que no solo portaba sueños sino que los multiplicaban y los hacían correr y hablar.

De esta forma el mundo engendró de nuevo su vida como también había engendrado a los que inventaron la manera de apagar el sol.

Los portadores de sueños sobrevivieron a los climas helados.

“Son peligrosos”, imprimían las grandes rotativas.

“Son peligrosos”, decían los presidentes en sus discursos

“Son peligrosos”, murmuraban los artífices de la guerra.

“Hay que destruirlos”, imprimían las grandes rotativas

“Hay que destruirlos”, decían los presidentes en sus discursos

“Hay que destruirlos”, murmuraban los artífices de guerra.

Los portadores de sueños conocían su poder, por eso no se extrañaban.

También sabían que la vida los había engendrado para protegerse de la muerte que anuncian las profecías.

Y por eso defendían su vida, aún con la muerte.

Por eso cultivaban jardines de sueños y los exportaban con grandes lazos de colores.

Los profetas de la oscuridad se pasaban las noches y días enteros vigilando los pasajes y los caminos buscando estos peligrosos cargamentos que nunca lograban atrapar porque el que no tiene ojos para soñar no ve los sueños ni de día ni de noche.

Y en el mundo se ha desatado un gran tráfico de sueños que no pueden detener los traficantes de la muerte; por todas partes hay patentes con grandes lazos que sólo esta nueva raza de hombres puede ver la semilla de estos sueños no se puede detectar porque va envuelta en rojos corazones en amplios vestidos de maternidad donde piececitos soñadores alborotan los vientres que los albergan.

Dicen que la tierra después de parirlos desencadenó un cielo de arco iris y sopló de fecundidad las raíces de los árboles.

Nosotros sólo sabemos que los hemos visto, sabemos que la vida los engendró para protegerse de la muerte que anuncian las profecías.

16 sept 2012

Poema: Alta Traición (José Emilio Pacheco)



No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.





Versión musical
(Con Oscar Chávez)


15 sept 2012

El Amigo del Agua

Adolfo Bioy Casares


El señor Algaroti vivía solo. Pasaba sus días entre pianos en venta, que por lo visto nadie compraba, en un local de la calle Bartolomé Mitre. A la una de la tarde y a las nueve de la noche, en una cocinita empotrada en la pared, preparaba el almuerzo y la cena que a su debido tiempo comía con desgano. A las once de la noche, en un cuarto sin ventanas, en el fondo del local, se acostaba en un catre en el que dormía, o no, hasta las siete. A esa hora desayunaba con mate amargo y poco después limpiaba el local, se bañaba, se rasuraba, levantaba la cortina metálica de la vidriera y sentado en un sillón, cuyo filoso respaldo dolorosamente se hendía en su columna vertebral, pasaba otro día a la espera de improbables clientes.

Acaso hubiera una ventaja en esa vida desocupada; acaso le diera tiempo al señor Algaroti para fijar la atención en cosas que para otros pasan inadvertidas. Por ejemplo, en los murmullos del agua que cae de la canilla al lavatorio. La idea de que el agua estuviera formulando palabras le parecía, desde luego, absurda. No por ello dejó de prestar atención y descubrió entonces que el agua le decía: “Gracias por escucharme”. Sin poder creer lo que estaba oyendo, aún oyó estas palabras: “Quiero decirle algo que le será útil”. A cada rato, apoyado en el lavatorio, abría la canilla. Aconsejado por el agua llevó, como por un sueño, una vida triunfal. Se cumplían sus deseos más descabellados, ganó dinero en cantidades enormes, fue un hombre mimado por la suerte. Una noche, en una fiesta, una muchacha locamente enamorada lo abrazó y cubrió de besos. El agua le previno: “Soy celosa. Tendrás que elegir entre esa mujer y yo”. Se casó con la muchacha. El agua no volvió a hablarle.

Por una serie de equivocadas decisiones, perdió todo lo que había ganado, se hundió en la miseria, la mujer lo abandonó. Aunque por aquel tiempo ya se había cansado de ella, el señor Algaroti estuvo muy abatido. Se acordó entonces de su amiga y protectora, el agua, y repetidas veces la escuchó en vano mientras caía de la canilla al lavatorio. Por fin llegó un día en que, esperanzado, creyó que el agua le hablaba. No se equivocó. Pudo oír que el agua le decía: “No te perdono lo que pasó con aquella mujer. Yo te previne que soy celosa. Esta es la última vez que te hablo”.

Como estaba arruinado, quiso vender el local de la calle Bartolomé Mitre. No lo consiguió. Retomó, pues, la vida de antes. Pasó los días esperando clientes que no llegaban, sentado entre pianos, en el sillón cuyo filoso respaldo se hendía en su columna vertebral. No niego que de vez en cuando se levantara para ir hasta el lavatorio y escuchar, inútilmente, el agua que soltaba la canilla abierta.

13 sept 2012

El Perseguidor, leído por Julio Cortázar.



De jazz y de cronopios



Hay quienes dicen que para entender mejor a Julio Cortázar es necesario leerlo con música de jazz como fondo. Y es que dicha teoría tiene su explicación en el particular gusto que el escritor tenía por tal genero musical, llegando al punto de crear la palabra "Cronopio" para referirse a algunos de sus músicos más admirados.

Para poner en practica dicha teoría aquí un video en el que el mismo Cortázar lee un fragmento de "El perseguidor" con un fondo musical de Charlie Parker:





Como habrán notado Cortazar menciona una pieza musical llamada "Amorous", pues bien, ese no es mas que un guiño para referirse a "Lover Man", la cual se escucha al fondo del video anterior.
Pero, si lo que quieren es hacer ustedes mismos el experimento, abajo encontraran otro video, sólo con la música, y en otra parte de este mismo blog el mismo fragmento de El perseguidor.








P.D. Para mayor información acerca de los cronopios consultar la obra "Historias de cronopios y de famas" de Julio Cortazar.

12 sept 2012

El cuervo, la versión amarilla.



La ciencia y el arte en: Los Simpsons



No hace mucho, el famoso físico, cosmólogo y divulgador inglés, Stephen Hawking se declaró fan de Los Simpsons y dijo de la serie que era el mejor programa emitido en la televisión norteamericana. 

No es difícil descubrir el porqué, pues a lo largo de más de sus 23 temporadas, Los Simpsons, se han caracterizado por introducir un sinnúmero de guiños referentes a la ciencia y el arte, mismos que, además de ser muy ingeniosos, están muy bien fundamentados. 

En lo que se refiere al aspecto artístico: la música, pintura, escultura y la literatura han ocupado un apartado muy especial. Muestra de ello fue primer especial de noche de brujas, La Casita del Terror (segunda temporada), en el cual presentan su versión del legendario cuento El cuervo, homenaje al genial escritor de estadounidense Edgar Allan Poe, aquí presentado: 











*Si les interesa ver las apariciones de Stephen Hawking en la serie aquí los títulos: Salvaron el cerebro de Lisa (They Saved Lisa's Brain, temporada X); Ray el contratista (Don't Fear the Roofer, temporada XVI); ¡Para, o mi perro dispara! (Stop, or My Dog Will Shoot!, temporada XVIII).

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