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2 sept 2014

El robo

Katherine Anne Porter



Tenía el bolso en la mano cuando entró. Parada en medio de la habitación, sujetándose el albornoz y arrastrando una toalla húmeda con una mano, examinó el momento inmediatamente anterior y recordó todo con claridad: sí, lo había abierto y lo había vaciado esparciendo su contenido sobre el banco, después de secarlo con el pañuelo.

Había tenido la intención de coger el tren elevado, así que buscó en su bolso para asegurarse de que llevaba el dinero y se alegró al encontrar cuarenta centavos en el monedero. Se disponía a pagar su propio billete, por más que Camilo acostumbrara, al verla subir las escaleras, echar una moneda en la máquina, antes de dar un pequeño empujón al molinete y hacerla pasar con una reverencia. Camilo, sirviéndose de alguna que otra solución intermedia, se las había arreglado para hacer efectiva una colección bastante completa de pequeñas atenciones, dejando pasar por alto las gentilezas mayores y más molestas. Había caminado con él hasta la estación bajo una lluvia torrencial, porque sabía que era casi tan pobre como ella y, cuando él insistió en coger un taxi, fue firme y dijo: «Sabes que, sencillamente, no es posible». Él llevaba un sombrero de un hermoso tono bizcocho —nunca se le ocurría comprar nada de un color práctico— y justo aquel día lo había estrenado, así que la lluvia lo estaba estropeando. Ella pensaba: «¡Qué desastre! ¿Dónde conseguirá otro?». Lo comparó con los sombreros de Eddy: aunque parecían tener exactamente siete años y haberse quedado fuera bajo la lluvia, los lucía con la corrección despreocupada y espontánea propia de Eddy. Camilo era muy diferente; si se ponía un sombrero raído, continuaba siendo un sombrero raído, y eso le desanimaba. Si no hubiese temido que Camilo se ofendiera, puesto que insistía en llevar a cabo sus pequeñas ceremonias hasta el punto que se había fijado, le hubiera dicho al salir de casa de Thora: «Vete a casa. Puedo llegar perfectamente a la estación yo sola».

—Está escrito que debemos mojarnos esta noche —dijo Camilo—, así que hagámoslo juntos.

Al pie de la escalera del andén, ella trastabilló; ambos habían bebido bastantes cócteles en casa de Thora.

—Al menos —dijo ella—, Camilo, hazme el favor de no subir estas escaleras en tu estado, porque en cuanto vuelvas a bajarlas, te romperás inevitablemente el cuello.

Él le dedicó tres rápidas reverencias —era español— y desapareció de un salto en la lluviosa oscuridad. Ella se quedó observando a aquel joven tan agradable, pensando que a la mañana siguiente, sobrio, miraría su sombrero estropeado y sus zapatos empapados y posiblemente la relacionara con su desgracia. Mientras le observaba se detuvo en la esquina, se quitó el sombrero y lo escondió bajo el abrigo. Ella sintió que le había traicionado al mirarle, porque a él le hubiese humillado la sola idea de que ella sospechara siquiera que había tratado de salvar su sombrero.

La voz de Roger sonó detrás de ella, por encima del estruendo metálico de la lluvia que caía sobre el techado de la escalera, intentando averiguar qué hacía ella bajo la lluvia a aquellas horas de la noche y preguntándose si se creía un pato. Su largo e imperturbable rostro chorreaba agua y señalaba con la mano un bulto saliente en la pechera de su abrigo abotonado.

—Un sombrero —explicó—. Vamos, cojamos un taxi.

Se acomodó al brazo con que Roger le rodeó los hombros, con el gesto intercambiaron una mirada llena de antiguas y entrañables asociaciones; entonces ella miró por la ventanilla la lluvia que cambiaba las formas y los colores de todo. El taxi iba haciendo eses para eludir los pilares del tren elevado, patinando ligeramente en cada curva.

—Cuanto más patina —dijo ella—, más serena me siento, así que realmente debo de estar borracha.

—Debes de estarlo —contestó Roger—. Este pájaro es un maníaco homicida. A mí no me iría nada mal tomarme ahora un cóctel.

El tráfico les detuvo en el cruce de la calle Cuarenta y la Sexta Avenida, y tres muchachos pasaron ante el morro del taxi. Bajo los globos de luz, parecían alegres espantajos, todos muy delgados y con trajes muy raídos de corte descuidado y corbatas chillonas. Tampoco andaban muy sobrios, y mientras discutían estuvieron un momento tambaleándose ante el automóvil. Se acercaron unos a otros inclinándose, como si se dispusieran a cantar, y el primero dijo: «Cuando me case, no me casaré por casarme, me casaré por amor, ¿vale?», y el segundo respondió: «¡Eh! Ve y dile esas tonterías a ella, ¿por qué no?», y el tercero soltó una especie de risotada y dijo: «¡Al infierno con este tío! ¿Qué demonios le pasa?», y el primero contestó: «¡Ah! Callaos, idiotas, ya tengo bastante». Entonces chillaron, cruzaron la calle como pudieron, golpeando al primero en la espalda y dándole empujones.

—Locos —comentó Roger—, absolutamente locos.

Dos muchachas se deslizaron por allí, con impermeables transparentes, uno verde, el otro rojo, y las cabezas inclinadas en sentido contrario a la lluvia. Una de ellas le decía a la otra: «Sí, lo sé todo, pero ¿qué hay de mí? Tú siempre lo lamentas por él...», y corrían agitando sus patitas de pelícanos.

El taxi retrocedió de pronto y volvió a avanzar.

—Hoy he recibido una carta de Stella —dijo Roger al cabo de un rato—. Estará en casa el veintiséis, así que supongo que ya ha tomado una decisión y todo está arreglado.

—Yo también he recibido hoy una especie de carta —dijo ella— que ha tomado las decisiones por mí. Creo que es hora de que tú y Stella hagáis algo definitivo.

Cuando el taxi se detuvo en la esquina de la calle Cincuenta y tres Oeste, Roger le dijo:

—Si me das diez centavos, tendré el importe exacto.

Ella abrió el bolso y le dio una moneda, y él dijo:

—Qué bonito es ese bolso.

—Es un regalo de cumpleaños —le dijo ella—, me gusta. ¿Cómo va tu espectáculo?

—Oh, supongo que todavía en cartel. No me acerco por allí. Todavía no se ha concretado nada. Me he propuesto seguir como hasta ahora y que ellos lo tomen o lo dejen. Ya está bien de discusiones.

—Sin duda se trata de resistir, ¿verdad?

—Resistir es la parte más dura.

—Buenas noches, Roger.

—Buenas noches. Deberías tomar una aspirina y meterte en la bañera con agua caliente, parece que estés incubando una gripe.

—Lo haré.

Subió las escaleras con el bolso bajo el brazo; y en el primer rellano Bill oyó sus pasos y asomó la cabeza con el pelo revuelto y los ojos rojos.

—Por el amor de Dios, entra y tómate algo conmigo. Tengo malas noticias. Estás completamente empapada —dijo Bill, mirando sus pies mojados.

Bebieron dos copas, mientras Bill contaba cómo el director había desechado su obra tras haber escogido elenco teatral dos veces y haber hecho tres ensayos.

—Yo no digo que sea una obra maestra, sólo dije que sería un buen espectáculo. Y él dijo: «Sólo que no funciona, ¿se da cuenta? Necesita un médico». Así que estoy atascado, absolutamente varado —dijo Bill, otra vez al borde del llanto—. He estado llorando entre copa y copa —y continuó preguntándole si se daba cuenta de que su mujer lo estaba arruinando con sus extravagancias—. Le envío diez dólares todas las semanas de mi desgraciada vida, por más que no estoy obligado a hacerlo. Me amenaza con la cárcel si no la obedezco, pero no puede encerrarme. ¡Dios, que lo intente, después de haberme tratado como lo hizo! No tiene derecho a pensión y lo sabe. Sigue diciendo que lo necesita para el bebé y yo sigo enviándoselo porque no soporto ver sufrir a nadie. Así que me he atrasado en los pagos del piano y del tocadiscos...

—Bueno, de todas maneras, tienes una bonita alfombra —dije ella.

Bill la miró y se sonó la nariz.

—La conseguí en Ricci por noventa y cinco dólares —dijo— Ricci me contó que había pertenecido a Marie Dressier y costaba mil quinientos dólares, pero tiene una quemadura, que he ocultado bajo el diván. Un precio imbatible.

—Sí —dijo ella.

Estaba pensando en su bolso vacío y en que no recibiría el cheque por su última reseña antes de tres días y en que su acuerdo con el restaurante de los bajos no podía durar mucho si no pagaba algo a cuenta.

—No es momento para hablar de esto —continuó—, pero esperaba que ya tuvieses esos cincuenta dólares que me prometiste por mi escena en el tercer acto, aunque no salga adelante. De todas maneras, ibas a pagarme el trabajo con dinero de tu anticipo.

—¡Jesús misericordioso! —exclamó Bill—, ¿tú también? —Soltó un fuerte sollozo, o quizá fuera hipo, en su pañuelo húmedo—. Después de todo tu parte no era mejor que la mía. Piénsalo.

—Pero cobraste algo —dijo ella—. Setecientos dólares.

—Hazme un favor, ¿quieres? Tómate otra copa y olvídalo. No puedo pagarte, sabes perfectamente que no puedo, si pudiera lo haría, pero sabes que estoy en un aprieto.

—Entonces déjalo —se encontró diciendo, casi a su pesar.

Hubiese querido mostrarse totalmente firme al respecto. Volvieron a beber sin hablar y ella se marchó a su apartamento en el piso de arriba.

Allí, ahora lo recordaba con toda claridad, había sacado la carta del bolso, antes de abrirlo completamente para que se secara.

Se había sentado y había leído la carta otra vez, pero había frases que exigían varias lecturas, pues tenían vida propia y separada de las demás y, cuando trataba de leer pasándolas por alto, se movían siguiendo el movimiento de sus ojos. No podía escapar de ellas. «Pensando en ti más de lo que quisiera... sí, hasta he hablado de tí... por qué estabas tan ansiosa por destruir... aun cuando pudiera verte ahora, no lo haría... no vale la pena todo este abominable... el fin...»

Cuidadosamente, rompió la carta en tiras pequeñas y las prendió con una cerilla encendida en la chimenea.

A la mañana siguiente, temprano, estaba en la bañera cuando la portera llamó y luego entró diciendo que deseaba examinar los radiadores antes de encender la caldera para el invierno. Después de dar vueltas por la habitación durante unos minutos, se marchó cerrando la puerta con violencia.

Salió del baño para coger un cigarrillo del paquete que tenía en el bolso. El bolso no estaba. Se vistió, preparó café y se sentó junto a la ventana mientras lo bebía. Seguramente la portera había cogido el bolso y sería imposible recobrarlo sin hacer el ridículo y montar un escándalo. Así que lo dejaría correr. A la vez que tomaba esa decisión, en su sangre crecía una ira profunda, casi asesina. Con toda delicadeza puso la taza en el centro de la mesa y bajó con determinación las escaleras, tres largos tramos, un pequeño vestíbulo y un empinado pero breve tramo hasta el sótano, donde la portera con el rostro manchado de polvo de carbón, limpiaba la caldera.

—¿Me hará el favor de devolverme el bolso? No hay dinero dentro. Era un regalo y no quiero perderlo.

La portera se volvió sin incorporarse y clavó en ella unos ojos llameantes, donde se reflejaba la roja luz de la caldera.

—¿Qué quiere decir, su bolso?

—El bolso de tela dorada que usted cogió del banco de madera de mi habitación —dijo—. Tengo que recuperarlo.

—Juro ante Dios que nunca he puesto los ojos sobre su bolso y juro que es la santa verdad —dijo la portera.

—Oh, pues bien, quédeselo —dijo, pero con voz muy amarga—, quédeselo si tanto lo quiere.
Y se marchó.

Recordó que por una cuestión de principios rechazaba la idea de poseer cosas, de modo que nunca en su vida había echado la llave a ninguna puerta, así como su paradójico alarde, por más que sus amigos le advirtieran, de que jamás le habían robado un centavo. Y le había agradado la desnuda humildad de ese ejemplo concreto, destinado a ilustrar y justificar su fe obsesiva, por lo demás vaga y sin fundamento, que le hacía actuar de esa manera desoyendo su deseo en ese caso concreto.

En ese momento sintió que le había sido robado un enorme número de cosas valiosas, materiales o intangibles: objetos perdidos o rotos por su culpa; objetos que había olvidado o dejado en las casas después de una mudanza; libros prestados y no devueltos; viajes que había planeado y no había hecho; palabras que había esperado oír y no había oído, y las palabras con que se proponía responder; alternativas amargas y sustitutos intolerables peores que nada pero ineludibles; el largo y paciente sufrimiento de la amistad moribunda y la oscura e inexplicable muerte del amor... Todo lo que ella había tenido y todo lo que había echado de menos se había perdido junto y se perdía doblemente en ese derrumbe de evocación de pérdidas.

La portera la seguía escaleras arriba con el bolso en la mano y el mismo fuego rojo y profundo temblando en los ojos. La portera le tendió el bolso cuando aún las separaba media docena de escalones.

—No me delate —dijo—. Debí de enloquecer. A veces hago cosas de loca, lo juro. Mi hijo puede decírselo.

Ella cogió el bolso al cabo de un momento y la portera prosiguió:

—Tengo una sobrina que va a cumplir diecisiete años, es muy guapa y pensaba dárselo a ella. Necesita un bolso. Debí de volverme loca, pensé que quizá a usted no le importara, siempre va dejando cosas por ahí y parece no darse ni cuenta.

—Lo eché en falta porque es un regalo que me hizo alguien...

—Él le traería otro si usted perdiera este. Mi sobrina es joven y necesita cosas bonitas, tenemos que dar a los jóvenes una oportunidad. Hay muchachos que van detrás de ella, tal vez quieran casarse con ella. Debería tener cosas bonitas. Ahora mismo las necesita mucho. Usted es una mujer mayor, ha tenido su oportunidad, debe de saber cómo funciona.

Ella le tendió el bolso a la portera, diciéndole:

—No tiene ni idea de lo que está diciendo. Tenga, cójalo, he cambiado de idea. De verdad, no lo quiero.

La portera la miró con odio y dijo:

—Yo tampoco lo quiero ya. Mi sobrina es joven y guapa, no necesita arreglarse para ser atractiva, ¡es joven y guapa vaya como vaya! Supongo que usted lo necesita mucho más que ella.

—En primer lugar, no era suyo —dijo ella, volviéndose—. No debe hablar como si yo se lo hubiese robado.

—No es a mí, sino a ella a quien se lo está robando —dijo la portera, y bajó las escaleras.

Dejó el bolso sobre la mesa, se sentó con la taza de café frío y pensó: no me faltaba razón cuando decía que no tenía miedo a ningún ladrón... salvo a mí misma, que terminaré por dejarme sin nada.

8 jul 2014

Seis consejos de escritura de John Steinbeck

1. Día a día, página a página
Olvida la idea de que alguna vez vas a terminar. Aparta de tu mente las cuatrocientas páginas y escribe sólo una página al día, eso ayuda. Luego, cuando logres terminar, siempre te sorprendes.

2. El primer borrador de un tirón
Escribe con la mayor libertad y rapidez posibles y arroja todo al papel. Nunca corrijas o reescribas hasta que todo esté escrito. Reescribir en esa etapa suele servir como excusa para no continuar. También interfiere en el ritmo y el flujo, que sólo puede surgir de una especie de asociación incosciente con el material.

3. No escribas al gran público
Olvídate de un público general. En primer lugar, el público sin nombre ni cara te darán un miedo de muerte y, en segundo lugar, a diferencia del teatro, no existe ese público. En la escritura, el público es un solo lector. He descubierto que a veces ayuda elegir a una persona (una persona real que conozcas o una persona imaginaria) y escribirle a ella.

4. No te atasques con una escena en particular
Si lo das todo en una escena o una sección y todavía crees que debería estar mejor, pásalo y continúa escribiendo. Cuando hayas terminado con la obra completa podrás volver a ese punto y encontrar que la razón por la que te dio problemas era que esa escena no pertenecía a ese lugar.

5. No te encariñes con una escena
Ten cuidado cuando una escena te importa demasiado, cuando te importa más que el resto. Por lo general, resultará que no encaja.

6. Comprueba tus diálogos
Si vas a usar diálogos, pronuncia en voz alta cuando lo escribas. Solo entonces adquirirá un sonido realista.

24 jun 2014

Reunión

John Cheever



La última vez que vi a mi padre fue en la Estación Gran Central. Yo iba de la casa de mi abuela, en los Adirondack, a un cottageen el Cabo alquilado por mi madre. Le escribí a mi padre que estaría en Nueva York, entre dos trenes, durante una hora y media, y le pregunté si podíamos almorzar juntos. Su secretaria me escribió diciendo que él se encontraría conmigo a mediodía frente al mostrador de información, y a las doce en punto lo vi venir entre la gente. Para mí era un desconocido –mi madre se había divorciado de él hace tres años y desde entonces no lo había visto- pero apenas lo vi sentí que era mi padre, un ser de mi propia sangre, mi futuro y mi condenación.Supe que cuando creciera me parecería a él; tendría que planear mis campañas ateniéndome a sus limitaciones. Era un hombre alto y apuesto, y me complació enormemente volver a verlo. Me palmeó la espalda y estrechó mi mano.

-Hola, Charlie –dijo-. Hola, hijo. Me agradaría llevarte a mi club, pero está en la calle 60, y si tienes que tomar el tren será mejor que comamos aquí. – Me pasó el brazo sobre los hombros, y yo olí a mi padre del mismo modo que mi madre huele una rosa. Era una intensa mezcla de whisky, loción de afeitar, pomada de zapatos, lanas y el olor de un varón maduro. Abrigué la esperanza de que alguien nos viera juntos. Deseé que pudiéramos fotografiarnos. Quería conservar un recuerdo de nuestra reunión.

Salimos de la estación, entramos por una calle lateral y entramos en un restaurante. Aún era temprano y el local estaba vacío. El barman estaba discutiendo con un repartidor y al lado de la puerta de la cocina había un camarero muy viejo con una chaqueta roja. Nos sentamos, y mi padre llamó en alta voz al camarero.

-Kellner! –gritó-. Garçon! Cameriere! ¡Usted! –En el restaurante vacío su estridencia parecía fuera de lugar. -¡Alguien que pueda atendernos! –gritó-. Chop-chop. –Después batió las palmas. Así atrajo la atención del camarero, que arrastrando los pies se acercó a nuestra mesa.

-¿Usted golpeó las manos para llamarme? –preguntó.

-Cálmese, cálmese, Sommelier –dijo mi padre-. Si no es demasiado pedirle... si no significa imponerle una obligación excesiva, desearíamos un par de Gibson.

-No me gusta que me llamen golpeando las manos –dijo el camarero.

-Tendría que haber traído mi silbato –dijo mi padre-. Tengo un silbato que es audible sólo para los camareros viejos. Bien, prepare su anotador y su lapicito y vea si puede escribirlo bien: Dos Gibson. Repita conmigo: Dos Gibson.

-Será mejor que vaya a otro lugar –dijo en voz baja el camarero.

-Ésa –dijo mi padre- es una de las sugerencias más brillantes que he oído jamás. Vamos, Charlie, salgamos de esta covacha.

Salí del restaurante con mi padre y entramos en otro. Esta vez no se mostró tan ruidoso. Llegaron las bebidas, y me interrogó acerca de la temporada del campeonato de béisbol. Después, golpeó con el cuchillo el borde de la copa vacía y de nuevo empezó a gritar.

-Garçon! Kellner! Cameriere! ¡Usted! Puede molestarse en traernos dos más de lo mismo.

-¿Qué edad tiene el muchacho? – preguntó el camarero.

-Eso –dijo mi padre- qué mierda le importa.

-Lo siento, señor –dijo el camarero- pero no le serviré otra bebida al muchacho.

-Bien, tengo algo que decirle –dijo mi padre-. Tengo algo muy interesante que decirle. Ocurre que no es el único restaurante en Nueva York. Abrieron otro en la esquina. Vamos, Charlie.

Pagó la cuenta y salimos de ese restaurante y entramos en otro. Aquí, los camareros tenían chaquetas rosadas, como cazadores, y de las paredes colgaban diferentes arreos. Nos sentamos, y mi padre empezó a gritar otra vez.

-¡Perrero mayor! Iujuuú, y todo eso. Queremos beber algo para el estribo. A saber, dos Bibson.

-¿Dos Bibson? –preguntó el camarero, sonriendo.

-Maldito sea, sabe muy bien lo que deseo –dijo irritado mi padre-. Quiero dos Gibson, y de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Así me dice mi amigo el duque. Veamos qué puede darnos Inglaterra cuando pedimos un cóctel.

-No estamos en Inglaterra –dijo el camarero.

-No discuta conmigo –replicó mi padre-. Haga lo que le ordenan.

-Pensé que tal vez desearía saber dónde está –dijo el camarero.

-Si hay algo que no puedo tolerar –dijo mi padre-, es a los criados insolentes. Vamos, Charlie.

El cuarto lugar era italiano.

Buon giorno –dijo mi padre-. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti, forti. Molto gin, poco vermut.

-No entiendo italiano –dijo el camarero.

-Oh, vamos –dijo mi padre-. Entiende italiano, y claro que lo entiende.Vogliamo due cocktail americani. Subito.

El camarero se retiró y habló con su jefe, que se acercó a nuestra mesa y dijo:

Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.

-Muy bien –dijo mi padre-. Denos otra mesa.

-Todas las mesas están reservadas –dijo el jefe de camareros.

-Entiendo –dijo mi padre-. No desean servirnos. ¿Es así? Bien, váyase a la mierda. Vada all´inferno. Vamos, Charlie.

-Tengo que tomar mi tren –dije.

-Lo siento, hijito –dijo mi padre-. Lo siento muchísimo. –Me pasó el brazo sobre los hombros y me apretó contra su cuerpo. –Te acompañaré a la estación. Si hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club.

-Está bien, papá –dije.

-Te compraré un diario –dijo-. Te compraré un diario para que leas en el tren. Se acercó a un puesto de periódicos y dijo:

-Amable señor, ¿tendría la bondad de hacerme el favor de venderme uno de sus malditos diarios vespertinos, esos que no sirven para nada y cuestan diez centavos? –El empleado se apartó de él y miró fijamente la tapa de una revista. -¿Es mucho pedir, bondadoso señor –dijo mi padre-, es mucho pedir que me venda de esos asquerosos especímenes del periodismo amarillo?

-Tengo que irme, papá –dije-. Es tarde.

-Vamos, espera un momento, hijito –dijo-. Nada más que un segundo. Quiero que este tipo me conteste.

-Adiós, papá –dije, y bajé la escalera y abordé mi tren. Fue la última vez que vi a mi padre.

10 dic 2013

El río (fragmento)

Flannery O’Connor



El niño estaba triste y lánguido en medio de la oscura sala de estar, mientras su padre le ponía un abrigo de cuadros escoceses. Aunque todavía no había sacado la mano derecha por la manga, su padre le abrochó el abrigo y le empujó hacia una pálida mano con pecas que lo esperaba en la puerta medio abierta.

—No está bien arreglado —dijo en voz alta alguien en el vestíbulo.

—Bueno, entonces, por el amor de Dios, arréglelo —dijo el padre—. Son las seis de la mañana.

Estaba en bata de dormir y descalzo. Cuando llevó al niño a la puerta e intentó cerrarla, un esqueleto pecoso con un abrigo largo verde y un sombrero de fieltro le dijo:

—¿Y el billete del niño y el mío? Tendremos que tomar el tranvía dos veces —dijo ella.

Él fue otra vez al dormitorio a traer dinero y, cuando volvió, el chico y ella estaban en mitad de la habitación. Ella estaba mirándolo todo.

—Si tuviera que venir alguna vez a quedarme contigo, no soportaría el olor de esas colillas mucho rato —dijo sacudiendo el abrigo del chico.

—Aquí tiene el dinero —dijo el padre.

Se dirigió hacia la puerta, la abrió del todo y se quedó allí esperando.

Después de contar el dinero, se lo metió en algún sitio del abrigo y se acercó a una acuarela que estaba colgada cerca del tocadiscos.

—Sé la hora que es —dijo ella mirando las líneas negras que cruzaban manchas de colores violentos—. Tengo que saberlo. Mi turno empieza a las diez de la noche y no acaba hasta las cinco de la mañana y tardo una hora en venir en el tranvía hasta la calle Vine.

—Oh, ya veo —dijo él—. Bueno, lo esperamos de vuelta esta noche, ¿sobre las ocho o las nueve?

—Quizás más tarde —dijo ella—. Vamos a ir al río a una curación. Este predicador no viene por aquí a menudo. Yo no hubiera pagado por esto —dijo señalando con la cabeza el cuadro—. Yo misma podría haberlo pintado.

—De acuerdo, señora Connin. La veremos luego —dijo dando unos golpecitos en la puerta.

Una voz apagada dijo desde el dormitorio:

—Tráeme una bolsa de hielo.

—¡Qué pena que la mamá esté enferma! —dijo la señora Connin—. ¿Qué le pasa?

—No lo sabemos —contestó él en voz baja.

—Le pediremos al predicador que rece por ella. Ha curado a mucha gente. El Reverendo Bevel Summers. Quizás ella debiera verlo algún día.

—Tal vez —dijo él—. Hasta esta noche.

Y se metió en el dormitorio y dejó que se marcharan ellos solos.

El niño pequeño la miró en silencio, con la nariz y los ojos húmedos. Tenía cuatro o cinco años. Su cara era alargada, con la barbilla prominente y los ojos, medio cerrados; estaban a gran distancia uno del otro. Parecía mudo y paciente, como una oveja vieja que espera que la saquen.

—Te gustará este predicador —dijo ella—, el Reverendo Bevel Summers. Tienes que oírlo cantar.

La puerta del dormitorio se abrió de pronto y el padre asomó la cabeza y dijo:

—Adiós, chico. ¡Que te diviertas!

—Adiós —dijo el niño pequeño, y saltó como si le hubieran disparado.

La señora Connin le echó otra mirada a la acuarela. Luego salieron al vestíbulo y llamaron al ascensor.

—Yo misma podría haberlo pintado —dijo ella.

Fuera, la mañana gris estaba bloqueada a ambos lados por los edificios vacíos y oscuros.

—El día va a aclarar más tarde dijo ella—. Ésta es la última vez que podremos tener una predicación en el río este año. Límpiate la nariz, cariño.

El niño empezó a restregarse la nariz con la manga, pero ella lo detuvo.

—Eso no está bien —le dijo—. ¿Dónde tienes el pañuelo?

El chico se metió las manos en los bolsillos y fingió buscarlo mientras que ella esperaba.

—Algunas personas no se preocupan de cómo te mandan a la calle —murmuró a su propia imagen que se reflejaba en el espejo de la ventana de una cafetería.

Se sacó del bolsillo un pañuelo de flores rojas y azules, se inclinó y empezó a limpiarle la nariz.

—Ahora sopla —dijo.

Y el niño sopló.

—Te lo dejo prestado. Guárdatelo en el bolsillo.

El chico lo dobló y lo guardó en su bolsillo cuidadosamente. Caminaron hasta la esquina y se apoyaron en la pared de una farmacia para esperar el tranvía. La señora Connin se subió el cuello del abrigo, de manera que rozaba con la parte de atrás de su sombrero. Sus párpados empezaron a bajar y parecía que se podía quedar dormida contra la pared. El niño pequeño le apretó un poco la mano.

—¿Cómo te llamas? —preguntó ella con voz soñolienta—. Sólo sé tu apellido. Tenía que haber preguntado cómo te llamas.

El chico se llamaba Harry Ashfield y nunca antes se le había ocurrido cambiarse el nombre.

—Bevel —dijo.

La señora Connin se separó de la pared.

—¡Qué coincidencia! —dijo—. ¡Ya te he dicho que así es como se llama también ese predicador!

—Bevel —repitió el chico.

Se quedó mirando al niño como si se hubiera convertido en una maravilla para ella.

—Ya verás cuando te lo presente —dijo—. No es un predicador normal. Es un curandero. Sin embargo, no pudo hacer nada por el señor Connin. El señor Connin no tenía fe, pero dijo que por una vez iba a probar cualquier cosa. Tenía retortijones en la barriga.

El tranvía apareció como un punto amarillo al final de la calle desierta.

—Ahora está en el hospital —dijo ella—. Le han quitado un tercio del estómago. Yo le digo que le tiene que dar gracias a Jesús por lo que le han dejado, pero él dice que no le tiene que dar gracias a nadie. ¡Dios mío! —murmuró ella—. ¡Bevel!

Se acercaron a las vías del tranvía.

—¿Me curará? —preguntó el niño.

—¿Qué te ocurre?

—Tengo hambre.

—¿No has desayunado?

—No tuve tiempo de tener hambre —dijo el chico.

—Bueno, cuando lleguemos a casa nos tomaremos algo los dos —dijo ella—. Yo también tengo hambre.

Se montaron en el tranvía y se sentaron unos pocos asientos detrás del conductor. La señora Connin puso a Bevel sobre sus rodillas.

—Ahora sé un buen chico y déjame dormir un poco. No te muevas de aquí.

Echó la cabeza hacia atrás y, mientras el niño la miraba, fue cerrando gradualmente los ojos y abriendo la boca. Se le veían unos pocos dientes largos y dispersos, algunos de oro y otros más oscuros que su cara; empezó a silbar y a soplar como un esqueleto musical. No había nadie más en el tranvía, sólo ellos y el conductor, y, cuando el niño vio que ella estaba dormida, sacó el pañuelo de flores, lo desdobló y lo examinó cuidadosamente. Luego lo volvió a doblar, se desabrochó una cremallera del forro del abrigo y lo escondió allí. Poco después se quedó dormido.

2 dic 2013

El diente de ballena

Jack London



En los primeros días de las islas Fidji, John Starhurst entró en la casa-misión del pueblecito de Rewa y anunció su propósito de propagar las enseñanzas de la Biblia a través de todo el archipiélago de Viti Levu. Viti Levu quiere decir «País grande», y es la mayor de todas las islas del archipiélago. Aquí y allá, a lo largo de las costas, viven del modo más precario un grupo de misioneros, mercaderes y desertores de barcos balleneros.

La devoción y la fe progresaban muy poco, nada, y algunas veces los al parecer convictos arrepentíanse de un modo lamentable. Jefes que presumían de ser cristianos, y eran por tanto admitidos en la capilla, tenían la desesperante costumbre de dar al olvido cuanto habían aprendido para darse el placer de participar del banquete en el que la carne de algún enemigo servía de alimento. Comer a otro o ser comido por los demás era la única ley imperante en aquel país, la cual tenía trazas de perdurar eternamente en aquellas islas. Había jefes como Tanoa, Tuiveikoso y Tuikilakila, que se habían comido cientos de seres humanos. Pero entre estos glotones descollaba uno, llamado Ra Undreundre.

Vivía en Takiraki, y registraba cuidadamente sus banquetes. Una hilera de piedras colocadas delante de su casa marcaba el número de personas que se había comido. La hilera tenía una extensión de doscientos cincuenta pasos y las piedras sumaban un total de ochocientas setenta y dos, representando cada una de ellas a una de las víctimas. La hilera hubiera llegado a ser mayor si no hubiese sucedido el que Ra Undreundre recibió un estacazo en la cabeza en una ligera escaramuza que hubo en Sorno Sorno, a continuación de la cual fue servido en la mesa de Naungavuli, cuya mediocre hilera de piedras alcanzó tan sólo el exiguo total de ochenta y ocho.

Los pobres misioneros, atacados por la fiebre, trabajaban arduamente esperando que el fuego de Pentecostés iluminara las almas de los salvajes. Pero los caníbales de Fidji se resistían a dejarse civilizar mientras tuvieran provisiones abundantes de carne humana. Por aquella época fue cuando John Starhurst proclamó su intención de enseñar la Biblia de costa a costa y su propósito de penetrar en las montañas del interior, al norte de Río Rewa. Los maestros indígenas lloraban silenciosamente.

Sus compañeros misioneros trataron en vano de disuadirlo. El rey de Rewa le advirtió que seguramente los montañeses le aplicarían en cuanto lo vieran el kaikai -esto es, que se lo comerían-, y que el rey de Rewa, como cristiano, no tendría más remedio que declarar la guerra a los montañeses, que lo vencerían, a él se lo comerían y luego entrarían a saco en Rewa, y por tanto esta guerra costaría cientos de víctimas. Más tarde, una comisión de jefes indígenas de allí mismo se entrevistaron con él.

Starhurst los escuchó pacientemente, pero no cambió un ápice su decisión y modo de pensar. A sus compañeros los misioneros les dijo que él no tenía vocación de mártir, pero que estaba seguro de que enseñando la Biblia en todo el Viti Levu no hacía más que cumplir un mandato divino, y que se creía el escogido por Dios para tal fin.

Los mercaderes apelaron a objeciones y grandes argumentos para disuadirle de la idea, a todo lo cual él contestó:

-Sus observaciones no tienen para mí valor alguno, están inspiradas en el temor de los daños que en sus mercaderías se puedan causar. Ustedes están muy interesados en ganar dinero y yo en salvar almas. Hay que salvar a los habitantes de estas islas negras.

John Starhurst no era un fanático. Él hubiera sido el primero en negar esta imputación. Era un hombre eminentemente sano y práctico, estaba seguro de que su misión iba a ser un gran éxito, pues tenía la certeza de que la luz divina alumbraría las almas de los montañeses, provocando una sana revolución espiritual en todas las islas. En sus suaves ojos grises no había destellos de iluminado, pero sí se veía una inalterable resolución emanada de la fe que tenía en el Poder Divino, que era quien le guiaba.

Un hombre tan sólo aprobó la decisión de Starhurst. Era Ra Vatu, quien lo animaba en secreto y le ofreció guías hasta las primeras estribaciones de las montañas. El corazón de Ra Vatu, que había sido uno de los indígenas de peores instintos, comenzaba a emanar luz y bondad. Ya había hablado en varias ocasiones de querer convertirse en lotu (cristiano), y hubiera tenido acceso a la pequeña capilla de los misioneros a no ser por sus cuatro mujeres, a las cuales quería conservar; pero había asegurado a Starhurst que sería monógamo tan pronto como su primera mujer, que a la sazón estaba muy enferma, muriese.

John Starhurst comenzó su gran empresa por el río Rewa en una de las canoas de Ra Vatu. A distancia, recortándose la silueta en el cielo, divisábanse las montañas. en las que se veían varias columnitas de humo.

Starhurst las contemplaba con cierta impaciencia. Algunas veces rezaba en silencio, otras uníase a sus rezos un maestro indígena que lo acompañaba. Narau, que así se llamaba, eralotu desde hacía siete años, que su alma había sido salvada del infierno por el doctor James Eliery Brown, el cual lo había conquistado con unas plantas de tabaco, dos mantas de algodón y una gran botella de un licor balsámico. A última hora, y después de cerca de veinte horas de solitaria meditación, Narau había tenido la inspiración de acompañar a Starhurst en su viaje de predicación por las montañas inhospitalarias.

-Maestro, con toda seguridad te acompañaré -le había anunciado.

El misionero lo abrazó con gran alegría; no cabía duda de que Dios estaba con él, ya que con su ejemplo había decidido a un hombre tan pobre de espíritu como Narau, obligándolo a seguirle.

-Yo realmente no tengo valor, soy el más débil de los siervos del Señor -decía Narau durante la travesía del primer día de viaje en canoa.

-Debes tener fe, mucha fe -replicaba animándole Starhurst.

Otra canoa remontaba aquel mismo día el río Rewa, pero con una hora de retraso a la del misionero, y tomaba grandes precauciones para no ser vista. Iba ocupada por Erirola, primo mayor de Ra Vatu y su hombre de confianza. En un cestito, y siempre a la mano, llevaba un diente de ballena. Era un ejemplar magnífico; tenía seis pulgadas de largo, de bellísimas proporciones, y el marfil, con los años, había adquirido tonalidades amarillentas y purpúreas. El diente era propiedad de Ra Vatu, y en Fidji, cuando un diente de esa calidad intervenía en las cosas, éstas salían siempre a pedir de boca, pues es esta la virtud de los dientes de ballena. Cualquiera que sea el que acepta este talismán, no puede rehusar lo que se le pida antes o después de la entrega, y no hay un solo indígena capaz de faltar al compromiso que al aceptarlo contrae. La petición puede ser desde una vida humana hasta la más trivial de las alianzas o peticiones.

Más allá, río arriba, en el pueblo de un jefe llamado Mongondro, John Starhurst descansó al final del segundo día de canoa. A la mañana siguiente y acompañado por Narau, pensaba salir a pie hacia las humeantes montañas, que ahora, de cerca, eran verdes y aterciopeladas. Mongondro era viejo y pequeño, de modales afables y aspecto de elefantiasis; por tanto, ya la guerra con sus turbulencias no le atraía. Recibió al misionero con cariñosas demostraciones, lo sentó a su mesa y discutió con él de materias religiosas. Mongondro tenía espíritu muy inquisitivo y rogó a Starhurst que le explicase el principio del mundo. Con verdadera unción y palabra precisa, relatole el misionero el origen del mundo de acuerdo con el Génesis, y pudo observar que Mongondro estaba muy afectado. El pequeño y viejo jefe fumaba silenciosamente una pipa y, quitándola de entre sus labios, movió tristemente la cabeza.

-No puede ser -dijo-. Yo, Mongondro, en mi juventud era un excelente carpintero, y aun así tardé tres meses en hacer una canoa, una pequeña canoa, muy pequeña. ¡Y tú dices que toda la tierra y toda el agua la ha hecho un solo hombre...!

-Ya lo creo; han sido hechas por Dios, por el único Dios verdadero -interrumpió Starhurst.

-¡Es lo mismo -continuó Mongondro- que toda la tierra, el agua, los árboles, los peces, los matorrales, las montañas, el sol, la luna, las estrellas, hayan sido hechos en seis días! No, no y no. Ya te he dicho que en mi juventud era muy hábil y tardé tres meses en hacer una pequeña canoa. Esa es una historia para chicos, pero que ningún hombre puede creer.

-Yo soy un hombre -dijo el misionero.

-Seguro, tú eres un hombre; pero mi oscuro entendimiento no puede adivinar lo que tú piensas y crees.

-Pues yo te aseguro que creo firmemente que todo fue hecho en seis días.

-Eso dices tú, eso dices -replicaba humildemente el viejo caníbal.

Cuando John Starhurst y Narau se fueron a dormir, entró en la cabaña Erirola, el cual, después de un discurso diplomático, entregó el diente de ballena a Mongondro.

El jefe lo examinó; era muy bonito y deseaba poseerlo, pero adivinando lo que le iban a pedir no quiso aceptarlo y se lo devolvió a Erirola con grandes excusas.

Al amanecer del día siguiente, Starhurst se dirigió a pie, calzado con sus hermosas botas altas de una sola pieza, precedido de un guía que le había proporcionado Mongondro, hacia las montañas. Seguíale el fiel Narau, y una milla detrás y procurando no ser visto iba Erirola, siempre con el cesto en el que llevaba guardado el famoso diente de ballena. Durante dos días fue siguiendo los pasos del misionero y ofreciendo el diente a todos los jefes de los pueblos por donde pasaban, pero ninguno quería aceptarlo, pues la oferta era hecha tan inmediatamente después de la llegada del misionero que, sospechando todos la petición que les iban a hacer a cambio del diente, rechazaban el magnífico presente.

Íbanse internando demasiado en las montañas, y Erirola optó por dirigirse, aprovechando pasos secretos y directos, a la residencia del Buli de Gatoka, rey de las montañas. El Buli no tenía noticias de la llegada del misionero, y como el diente era un soberbio y bello talismán, fue aceptado con grandes muestras de júbilo por parte de todos los que lo rodeaban. Los asistentes estallaron en una especie de aplauso al posesionarse del diente el Buli y grandes voces cantaban a coro:

-¡A, woi, woi, woi! ¡A, woi, woi, woi! ¡A tabua levu! ¡Woi, woi! ¡A mudua, mudua, mudua!

-Pronto llegará aquí un hombre blanco -comenzó a decir Erirola tras una breve pausa-. Es un misionero y llegará de un momento a otro. A Ra Vatu le gustaría tener sus botas, pues quiere regalárselas a su buen amigo Mongondro, y también desearía que los pies se quedasen dentro de las botas, pues Mongondro es un pobre viejo y tiene los dientes estropeados. Asegúrate, gran Buli, de que los pies se queden dentro. El resto del misionero se puede quedar aquí.

La alegría del regalo del diente se aminoró con tal petición, pero ya no había medio de rehusar, estaba aceptado.

-Una pequeñez como es un misionero no tiene importancia -replicó Erirola.

-Tienes razón, no tiene importancia -dijo en alta voz el Buli-. Mongondro, tendrás las botas; vayan ustedes tres o cuatro y tráiganme al misionero, teniendo cuidado de que las botas no se estropeen o se vayan a perder.

-Ya es tarde -exclamó Erirola-. Escuchen, ya viene.

A través de la maleza espesísima, John Starhurst, seguido de cerca por Narau, apareció. Las famosas botas se le habían llenado de agua al vadear el río y arrojaban finísimos surtidores a cada paso que daba. En la mirada del misionero se leía la voluntad y el deseo de vencer. Tan convencido estaba de que su misión era inspiración divina, que no tenía ni la más ligera sombra de miedo, a pesar de que sabía que era el primer hombre blanco que se había atrevido a penetrar en los inexpugnables dominios de Gatoka.

John Starhurst vio al Buli salir de su casa seguido de su séquito de montañeses.

-Te traigo buenas nuevas -dijo saludando el misionero.

-¿,Quién ha sido el que te ha enviado? -preguntó el Buli sorda y pausadamente.

-Dios.

-Ese nombre es nuevo en Viti Levu -replicó el Buli-. ¿De qué islas, pueblos o chozas es jefe ese que tú dices?

-Es el jefe de todas las islas, pueblos, chozas y mares -contestó solemnemente Starhurst-. Es el supremo dueño y señor de cielo y tierra, y yo he venido aquí a traerte su palabra.

-¿Me envía por tu conducto dientes de ballena? -replicó insolentemente el Buli.

-No; pero mucho más valioso que los dientes de ballena es...

-Entre jefes esa es la costumbre -interrumpió el Buli-. Tu jefe o es un negro despreciable o tú eres un gran idiota, por haberte atrevido a venir a estas montañas con las manos vacías. Mira, fíjate: otro mucho más generoso ha venido a verme antes que tú.

Y diciendo esto, le mostró el diente de ballena que acababa de aceptar de manos de Erirola. Narau empezó a desfallecer y a sentirse angustiado.

-Es el diente de ballena de Ra Vatu -le dijo al oído a Starhurst-. Lo conozco muy bien, y ahora sí que no tenemos salvación.

-Un obsequio muy estimable -contestó el misionero pasándose la mano por sus largas barbas y ajustándose las gafas-. Ra Vatu se las ha arreglado de modo que seamos bien recibidos.

Pero Narau no las tenía todas consigo y disimuladamente empezó a alejarse de Starhurst, olvidando sus promesas de fidelidad hechas al empezar la temeraria aventura.

-Ra Vatu será lotu dentro de muy poco tiempo -empezó a decir el misionero-, y yo he venido a que tú también te hagas lotu.

-No necesito nada de ti -contestó orgullosamente el Buli- y es mi decisión que mueras hoy mismo.

El Buli hizo una seña a uno de sus montañeses, quien avanzó haciendo filigranas en el aire con su maza de guerra. Narau, viendo el pleito perdido, corrió a ocultarse entre unas chozas donde estaban las mujeres y los chicos; pero John Starhurst se abalanzó hacia su ejecutor por debajo de la maza y consiguió rodearle el cuello con sus brazos. En esta ventajosa posición comenzó a argumentarle. Defendía su vida, ya lo sabía, pero la defendía sin nerviosidades ni miedo.

-Cometerás un pecado muy grande si me matas -decía a su verdugo-. Yo no te he hecho ningún daño ni a ti ni al Buli.

Tan bien agarrado estaba al cuello del montañés, que los demás no se atrevían a dejar caer sus mazas por miedo a equivocarse de cabeza.

-Soy John Starhurst -continuó con calma-. He estado trabajando tres años, sin aceptar remuneración alguna, en las islas Fidji. He venido aquí para el bien de ustedes, ¿por qué me quieren matar? Mi muerte no beneficiará a ningún hombre.

El Buli echó una mirada a su diente de ballena. Estaba bien pagada la muerte del misionero. Éste se encontraba rodeado de una masa de salvajes desnudos que hacían grandes esfuerzos por acercarse a la presa. El cantó fúnebre predecesor del banquete de carne humana empezó a dejarse oír, adquiriendo tales tonalidades que ahogaban por completo la voz del misionero. Tan hábilmente plegaba éste su cuerpo al del montañés, que no había medio de asestarle el golpe de gracia.

Erirola sonreía y el Buli se exasperaba.

-¡Fuera ustedes! -gritó-. Heroica historia para que la vayan contando por la costa una docena de hombres como ustedes, y un misionero sin armas tan débil como una mujer puede más que todos juntos.

-¡Oh, gran Buli, y podré más que tú también! -gritó Starhurst, dominando a duras penas el griterío de los salvajes-. Mis armas son la Verdad y la Justicia, y no hay hombre que las resista.

-Ven hacia mí entonces -contestó el Buli-. La mía no es más que una pobre y miserable maza de guerra, y, según tú dices, no es capaz de vencerte.

El grupo separose de él, y John Starhurst quedó solo frente al Buli, que se apoyaba en su enorme y nudosa maza guerrera.

-Ven hacia mí, hombre misionero, y vénceme -gritaba el rey de las montañas, desafiándolo.

-Aun así, te venceré -contestó John, limpiando los cristales de sus gafas y guardándolas cuidadosamente mientras avanzaba.

El Buli levantó la maza.

-En primer lugar, te diré que mi muerte no te proporcionará provecho alguno.

-Dejo la respuesta a mi maza -contestó el Buli.

Y a cada tema que el misionero tocaba, respondía en la misma forma, sin dejar de observarle con atención para prevenirse del habilidoso abrazo. Entonces, y únicamente entonces, comprendió John Starhurst que su muerte era inevitable; pero llevado de su arraigada fe, se arrodilló y empezó a invocar al cielo, como si esperase algún milagro:

-Perdónalos, que no saben lo que hacen -decía como si estuviese en contacto con la Divinidad-. ¡Dios mío, ten compasión de Fidji! ¡Oh Jehovah, óyenos! ¡Por Él, por tu hijo, compadécete de Fidji! ¡Tú eres grande y Todopoderoso para salvarlos! ¡Sálvalos, oh Dios mío! ¡Salva a los pobres caníbales de Fidji!

El Buli, impaciente, dijo:

-Ahora te voy a contestar.

Levantó la maza sobre la cabeza del misionero, asiéndola con las dos manos. Narau, que estaba escondido, oyó el golpe del mazo contra la cabeza y se estremeció intensamente.

Después, la salvaje y fúnebre sinfonía volvía a resonar en las montañas, y comprendió Narau que su amado maestro había muerto y que su cuerpo era arrastrado a la hoguera para ser condimentado. Escuchó y percibió las palabras de la fúnebre canción:

¡Arrástrame suavemente, arrástrame suavemente!

¡Soy el campeón de mi patria! 
¡Da las gracias, da las gracias!

A continuación, una sola voz cantaba:

¿Dónde está el hombre valiente?

Cien voces contestaban a coro:

¡Será arrastrado a la hoguera y asado!

Y cantaba de nuevo la voz que había interrogado:

¿Dónde está el hombre cobarde?

Y las cien voces vociferaban:

¡Se ha ido a contarlo, se ha ido a contarlo!

Narau gemía angustiado. Las palabras de la canción salvaje eran ciertas. Él era el cobarde; ya no le restaba más que huir, correr... ir a contar lo sucedido.

11 sept 2013

Ocho consejos de Kurt Vonnegut para escribir una buena historia

1. Utiliza el tiempo de un desconocido total de forma que él o ella no sienta que ha perdido el tiempo.

2. Dale al lector al menos un personaje al que pueda apoyar emocionalmente.

3. Todos los personajes deberían querer algo, aunque solo sea un vaso de agua.

4. Todas las frases deben hacer una de estas dos cosas — desvelar al personaje o avanzar en la acción.

5. Empieza tan cerca del final como sea posible.

6. Sé sádico. Da igual cuán dulces e inocentes sean tus personajes principales, haz que les ocurran cosas terribles para que el lector pueda ver de qué están hechos.

7. Escribe para satisfacer solo a una persona. Si abres una ventana y haces el amor al mundo, por así decirlo, tu historia cogerá neumonía.

8. Dales a tus lectores tanta información como sea posible tan pronto como sea posible. A la mierda con el suspense. Los lectores deberían tener tal comprensión de qué es lo que está ocurriendo, dónde y cómo, que deberían de ser capaces de terminar la historia por ellos mismos si las cucarachas se comieran las últimas páginas.




12 ago 2013

12 consejos de Ray Bradbury para los jóvenes escritores

Tomado del sitio Open Culture



1. No empieces escribiendo novelas. Toman mucho. Empieza escribiendo “una cantidad endemoniada de cuentos”, al menos uno por semana. Toma un año para hacerlo. Bradbury asegura que simplemente no es posible escribir 52 malas historias al hilo. Él esperó hasta los 30 para escribir su primera novela, Fahrenheit 451. “Y valió la pena esperar, ¿eh?”

2. Puedes amarlos, pero no remplazarlos. Ten esto en mente cuando inevitablemente intentes, consciente o inconscientemente, imitar a tus escritores favoritos, justo como él imitó a H.G. Wells, Jules Verne, Arthur Conan Doyle y L. Frank Baum.

3. Examina la “calidad” de los cuentos. Él sugiere Roald Dahl, Guy de Maupassant y los menos conocidos Nigel Kneale y John Collier. Nada en el New Yorker de hoy le llenaba el ojo, pues encontraba que esas historias “no tenían metáfora”.

4. Ocupa tu mente. Para acumular los bloques intelectuales de estas metáforas, Bradbury sugería una serie de lecturas nocturnas: un cuento, un poema (pero Pope, Shakespeare y Frost, no la “basura” moderna) y un ensayo. Los ensayos pueden ser de una diversidad de campos, incluyendo arqueología, zoología, biología, filosofía, política y literatura. “Al final de mil noches, ¡Dios!, ¡Estarás lleno de cosas!”

5. Deshazte de los amigos que no creen en ti. ¿Se burlan de tus ambiciones de escritor? La sugerencia es que los despidas sin retraso.

6. Vive en la biblioteca. No vivas en tu “maldita computadora”. Bradbury no fue a la universidad, pero sus insaciables hábitos de lectura le permitieron “graduarse de la biblioteca” a los 28.

7. Enamórate del cine. Preferiblemente del viejo.

8. Escribe con alegría. “Escribir no es un negocio serio”. Si una historia comienza a sentirse como un trabajo, deséchala y comienza una nueva. “Quiero que envidien mi alegría”.

9. No planees ganar dinero. La esposa de Bradbury “hizo un voto de probreza” para casarse con él. Solo hasta los 37 pudieron comprarse un auto.

10. Enlista 10 cosas que amas y 10 cosas que odias. Luego escribe sobre las primeras y “mata” las segundas —también escribiendo sobre ellas. Haz lo mismo con tus miedos.

11. Escribe cualquier cosa vieja que surja en tu mente. Bradbury recomienda “asociación de palabras” para romper cualquier bloqueo creativo, pues “no sabes lo que hay en ti hasta que lo pruebas”.

12. Recuerda. Cuando escribes, lo que estas buscando es que una sola persona llegue y te diga: “Te amo por lo que haces”. O, en su defecto, buscas a alguien que llegue y diga: “No estás tan loco como la gente dice”.

4 ago 2013

Los crímenes de la calle Morgue (Fragmento)

Edgar Allan Poe




La canción que cantaban las sirenas, o el nombre

que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres,
son cuestiones enigmáticas, pero que no se hallan
más allá de toda conjetura.

Sir Thomas Browne

Las características de la inteligencia que suelen calificarse de analíticas son en sí mismas poco susceptibles de análisis. Sólo las apreciamos a través de sus resultados. Entre otras cosas sabemos que, para aquel que las posee en alto grado, son fuente del más vivo goce. Así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente en desenredar. Goza incluso con las ocupaciones más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos muestra un grado de perspicacia que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural. Sus resultados, frutos del método en su forma más esencial y profunda, tienen todo el aire de una intuición. La facultad de resolución se ve posiblemente muy vigorizada por el estudio de las matemáticas, y en especial por su rama más alta, que, injustamente y tan sólo a causa de sus operaciones retrógradas, se denomina análisis, como si se tratara del análisis par excellence. Calcular, sin embargo, no es en sí mismo analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, efectúa lo primero sin esforzarse en lo segundo. De ahí se sigue que el ajedrez, por lo que concierne a sus efectos sobre la naturaleza de la inteligencia, es apreciado erróneamente. No he de escribir aquí un tratado, sino que me limito a prologar un relato un tanto singular, con algunas observaciones pasajeras; aprovecharé por eso la oportunidad para afirmar que el máximo grado de la reflexión se ve puesto a prueba por el modesto juego de damas en forma más intensa y beneficiosa que por toda la estudiada frivolidad del ajedrez. En este último, donde las piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables valores, lo que sólo resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada insólito) con lo profundo. Aquí se trata, sobre todo, de la atención. Si ésta cede un solo instante, se comete un descuido que da por resultado una pérdida o la derrota. Como los movimientos posibles no sólo son múltiples sino intrincados, las posibilidades de descuido se multiplican y, en nueve casos de cada diez, triunfa el jugador concentrado y no el más penetrante. En las damas, por el contrario, donde hay un solo movimiento y las variaciones son mínimas, las probabilidades de inadvertencia disminuyen, lo cual deja un tanto de lado a la atención, y las ventajas obtenidas por cada uno de los adversarios provienen de una perspicacia superior.

Para hablar menos abstractamente, supongamos una partida de damas en la que las piezas se reducen a cuatro y donde, como es natural, no cabe esperar el menor descuido. Obvio resulta que (si los jugadores tienen fuerza pareja) sólo puede decidir la victoria algún movimiento sutil, resultado de un penetrante esfuerzo intelectual. Desprovisto de los recursos ordinarios, el analista penetra en el espíritu de su oponente, se identifica con él y con frecuencia alcanza a ver de una sola ojeada el único método (a veces absurdamente sencillo) por el cual puede provocar un error o precipitar a un falso cálculo.

Hace mucho que se ha reparado en el whist por su influencia sobre lo que da en llamarse la facultad del cálculo, y hombres del más excelso intelecto se han complacido en él de manera indescriptible, dejando de lado, por frívolo, al ajedrez. Sin duda alguna, nada existe en ese orden que ponga de tal modo a prueba la facultad analítica. El mejor ajedrecista de la cristiandad no puede ser otra cosa que el mejor ajedrecista, pero la eficiencia en el whist implica la capacidad para triunfar en todas aquellas empresas más importantes donde la mente se enfrenta con la mente. Cuando digo eficiencia, aludo a esa perfección en el juego que incluye la aprehensión de todas las posibilidades mediante las cuales se puede obtener legítima ventaja. Estas últimas no sólo son múltiples sino multiformes, y con frecuencia yacen en capas tan profundas del pensar que el entendimiento ordinario es incapaz de alcanzarlas. Observar con atención equivale a recordar con claridad; en ese sentido, el ajedrecista concentrado jugará bien al whist, en tanto que las reglas de Hoyle (basadas en el mero mecanismo del juego) son comprensibles de manera general y satisfactoria. Por tanto, el hecho de tener una memoria retentiva y guiarse por «el libro» son las condiciones que por regla general se consideran como la suma del buen jugar. Pero la habilidad del analista se manifiesta en cuestiones que exceden los límites de las meras reglas. Silencioso, procede a acumular cantidad de observaciones y deducciones. Quizá sus compañeros hacen lo mismo, y la mayor o menor proporción de informaciones así obtenidas no reside tanto en la validez de la deducción como en la calidad de la observación. Lo necesario consiste en saber qué se debe observar. Nuestro jugador no se encierra en sí mismo; ni tampoco, dado que su objetivo es el juego, rechaza deducciones procedentes de elementos externos a éste. Examina el semblante de su compañero, comparándolo cuidadosamente con el de cada uno de sus oponentes. Considera el modo con que cada uno ordena las cartas en su mano; a menudo cuenta las cartas ganadoras y las adicionales por la manera con que sus tenedores las contemplan. Advierte cada variación de fisonomía a medida que avanza el juego, reuniendo un capital de ideas nacidas de las diferencias de expresión correspondientes a la seguridad, la sorpresa, el triunfo o la contrariedad. Por la manera de levantar una baza juzga si la persona que la recoge será capaz de repetirla en el mismo palo. Reconoce la jugada fingida por la manera con que se arrojan las cartas sobre el tapete. Una palabra casual o descuidada, la caída o vuelta accidental de una carta, con la consiguiente ansiedad o negligencia en el acto de ocultarla, la cuenta de las bazas, con el orden de su disposición, el embarazo, la vacilación, el apuro o el temor... todo ello proporciona a su percepción, aparentemente intuitiva, indicaciones sobre la realidad del juego. Jugadas dos o tres manos, conoce perfectamente las cartas de cada uno, y desde ese momento utiliza las propias con tanta precisión como si los otros jugadores hubieran dado vuelta a las suyas.

El poder analítico no debe confundirse con el mero ingenio, ya que si el analista es por necesidad ingenioso, con frecuencia el hombre ingenioso se muestra notablemente incapaz de analizar. La facultad constructiva o combinatoria por la cual se manifiesta habitualmente el ingenio, y a la que los frenólogos (erróneamente, a mi juicio) han asignado un órgano aparte, considerándola una facultad primordial, ha sido observada con tanta frecuencia en personas cuyo intelecto lindaba con la idiotez, que ha provocado las observaciones de los estudiosos del carácter. Entre el ingenio y la aptitud analítica existe una diferencia mucho mayor que entre la fantasía y la imaginación, pero de naturaleza estrictamente análoga. En efecto, cabe observar que los ingeniosos poseen siempre mucha fantasía mientras que el hombre verdaderamente imaginativo es siempre un analista.

20 jul 2013

Decálogo de Ernest Hemingway

1. Permanece enamorado.

2. Esfuérzate en escribir.

3. Mézclate estrechamente con la vida.

4. Frecuenta a escritores consagrados.

5. No pierdas tiempo.

6. Lee sin tregua.

7. Escucha música y mira pintura.

8. No intentes explicarte.

9. Sigue el impulso de tu corazón.

10. Calla: la palabra mata el instinto creador.

24 may 2013

Estuviste perfectamente bien

Dorothy Parker



El joven pálido se acomodó cuidadosamente en la silla y movió la cabeza a un lado para que el tapiz fresco le aliviara la sien y la mejilla.

-Ay, mi amor -dijo-. Ay, ay, ay, mi amor. Ay.

La muchacha de ojos claros, sentada en el sofá erguida y tranquila, le sonrió vivamente.

-¿Ya no te sientes tan bien como ayer? -dijo ella.

-Qué va, estoy muy bien -dijo él-. Estoy flotando. ¿Sabes a qué hora me levanté? A las cuatro de la tarde en punto. Traté de levantarme, pero cada vez que quitaba la cabeza de la almohada se me iba rodando abajo de la cama. La cabeza que traigo puesta no es la mía. Creo que esta era de Walt Whitman. Ay, mi amor. Ay, ay, mi amor.

-¿Tú crees que con un trago te sentirías mejor? -dijo ella.

-¿Un poco de lo que me noqueó anoche? -dijo él-. No, gracias. Por favor ya nunca vuelvas a mencionarme eso. Estoy muerto. Estoy muerto, completamente muerto. Mira mi mano: tan quieta como un colibrí. ¿Y me vi muy mal anoche? 

-Ay, no inventes -dijo ella-, todos estaban iguales. Estuviste muy bien.

-Claro -dijo él-. Estuve de maravillas. Todos deben estar enojados conmigo. 

-Por favor, claro que no -dijo ella-. Todos se divirtieron con lo que hacías. Claro que Jim Pierson se enojó un poco a la hora de la cena. Pero la gente lo regresó a su silla y lo calmaron. En las otras mesas ni se dieron cuenta. Nadie se dio cuenta. 

-¿Me iba a pegar? -dijo él-. Ay, Dios mío. ¿Qué hice?

-Nada, no hiciste nada -dijo ella-. Estuviste perfectamente bien. Pero ya sabes cómo se pone Jim a veces, cuando se le ocurre que alguien se está metiendo con Elinor.

-¿Coqueteé con Elinor? -dijo él-. ¿Eso hice?

-Claro que no -dijo ella-. Solo estuviste haciéndole chistes, eso fue todo. Le pareciste simpatiquísimo. Ella estaba muy divertida. Solo una vez se desconcertó un poco: cuando le echaste por la espalda el caldo de almejas.

-No, no me digas -dijo él-. Caldo de almejas por la espalda. Cada vértebra como concha. Ay, Dios mío. ¿Qué voy a hacer? 

-No te preocupes, ella no te va a decir nada -dijo ella-. Solo mándale unas flores, o algo así. Por eso no te preocupes. No es nada.

-No, si no me preocupo -dijo él-, ni tengo nada de qué apurarme. Estoy muy bien. Ay, mi amor, ay. ¿Y qué otro numerito hice en la cena?

-Ninguno. Estuviste muy bien -dijo ella-. No te pongas así por eso. Todo el mundo estaba fascinado contigo. El maître d’hôtel se apuró un poco porque no parabas de cantar, pero en realidad no le importó. Solo dijo que tenía miedo de que con tanto ruido le volvieran a cerrar el lugar. Pero ni a él le importó. Bueno, estuviste cantando como una hora. Pero después de todo, no fue tanto ruido. 

-Entonces me puse a cantar -dijo él-. Un éxito sin dudas. Me puse a cantar.

-¿Ya no te acuerdas? -dijo ella-. Estuviste cantando una tras otra. Todo el mundo te estaba oyendo. Les encantó. Lo único fue que insistías en cantar una canción sobre no sé qué fusileros o qué cosa, y todo el mundo empezó a callarte, pero tú empezabas de nuevo. Estuviste maravilloso. Hubo un rato en que todos tratamos que dejaras de cantar, y que comieras algo, pero no querías saber nada de eso. En serio que estuviste divertido.

-¿Qué, no probé la cena? -dijo él.

-No, nada -dijo ella-. Cada vez que venía el mesero a ofrecerte algo se lo devolvías porque decías que él era tu hermano perdido, que una gitana lo había cambiado por otro en la cuna, y que todo lo tuyo era de él. El mesero estaba doblado de la risa.

-Seguro -dijo él-. Seguro que estuve cómico. Seguro que fui el Payasito de la Sociedad. ¿Y luego qué pasó, después de mi éxito arrollador con el mesero? 

-Pues nada, no mucho -dijo ella-. Te entró una especie de tirria contra un viejo canoso que estaba sentado al otro lado del salón, porque no te gustó su corbata de moño y querías decírselo. Pero te sacamos antes de que el otro se enojara. 

-Ah, conque salimos -dijo él-. ¿Pude caminar?

-¡Caminar! Claro que caminaste -dijo ella-. Estabas absolutamente bien. Bueno, la acera tenía una capa de hielo y resbalaste. Caíste sentado con un fuerte golpe. Pero por favor, eso puede pasarle a cualquiera.

-Sí, claro -dijo él-. A la señora Hoover o cualquiera. Así que me caí en la acera. Por eso me duele el... Sí. Ya entendí. ¿Y luego qué? Digo, si te importa.

-¡Vamos, Peter! -dijo ella-. No puedes quedarte sentado ahí y decir que no te acuerdas de lo que pasó después de eso. Creo que solo te viste un poco mal en la mesa; pero en todo lo demás estuviste perfectamente bien, yo sabía que te estabas sintiendo muy bien. Pero desde que te caíste te pusiste muy serio, yo no sabía que tú fueras así, ¿No te acuerdas de cuando me dijiste que yo nunca antes había visto tu verdadero yo? No puedo permitirte, no podría soportar que hayas olvidado ese hermoso paseo en taxi. De eso sí te acuerdas, ¿verdad? Por favor, me muero si no te acuerdas.

-Ah, sí -dijo él-. El paseo en taxi. Ah, sí, de eso sí. Fue un paseo muy largo, ¿no?

-Vueltas y vueltas y vueltas por el parque -dijo ella-. Los árboles se veían tan hermosos a la luz de la luna. Y dijiste que nunca antes te habías dado cuenta de que de veras tenías alma. 

-Sí -dijo él-. Yo dije eso. Yo fui.

-Dijiste cosas tan pero tan bonitas -dijo ella-. Nunca me había dado cuenta de todo lo que sientes por mí y no me había atrevido a mostrarte lo que yo siento por ti. Pero lo de anoche, Peter; creo que la vuelta en taxi es lo más importante que nos ha pasado en nuestras vidas.

-Sí -dijo él-. Creo que sí.

-Y vamos a ser tan felices -dijo ella-. Quisiera contárselo a todo el mundo. Pero no sé. Creo que sería más dulce si lo guardamos como un secreto entre nosotros. 

-Yo creo que sí -dijo él.

-¿No es muy hermoso? -dijo ella.

-Sí -dijo él-. Fabuloso.

-¡Encantador! -dijo ella.

-Oye -dijo él-, ¿no te importaría que me tomara un trago? O sea, médicamente, ya sabes. Estoy muerto; ayúdame, por favor. Creo que me va a dar un colapso. 

-Sí, un trago te va a caer bien -dijo ella-. Pobrecito, qué pena que te sientas tan mal. Voy a prepararte un trago.

-Yo, la verdad -dijo él-, todavía no me explico cómo me sigues dirigiendo la palabra después del ridículo que hice anoche. Yo creo que mi única salida es meterme a un monasterio en el Tíbet.

-¡Estás loco! -dijo ella-. No te voy a dejar ir ahora. Ya deja de pensar en eso. Estuviste perfectamente bien.

De un salto ella se paró del sofá, lo besó con rapidez en la frente y salió corriendo de la habitación.

El joven pálido la vio alejarse, movió la cabeza lentamente y luego la dejó caer sobre sus manos húmedas y temblorosas.

-Ay, mi amor -dijo-. Ay, ay, ay, Dios mío.

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