8 jul 2014

Seis consejos de escritura de John Steinbeck

1. Día a día, página a página
Olvida la idea de que alguna vez vas a terminar. Aparta de tu mente las cuatrocientas páginas y escribe sólo una página al día, eso ayuda. Luego, cuando logres terminar, siempre te sorprendes.

2. El primer borrador de un tirón
Escribe con la mayor libertad y rapidez posibles y arroja todo al papel. Nunca corrijas o reescribas hasta que todo esté escrito. Reescribir en esa etapa suele servir como excusa para no continuar. También interfiere en el ritmo y el flujo, que sólo puede surgir de una especie de asociación incosciente con el material.

3. No escribas al gran público
Olvídate de un público general. En primer lugar, el público sin nombre ni cara te darán un miedo de muerte y, en segundo lugar, a diferencia del teatro, no existe ese público. En la escritura, el público es un solo lector. He descubierto que a veces ayuda elegir a una persona (una persona real que conozcas o una persona imaginaria) y escribirle a ella.

4. No te atasques con una escena en particular
Si lo das todo en una escena o una sección y todavía crees que debería estar mejor, pásalo y continúa escribiendo. Cuando hayas terminado con la obra completa podrás volver a ese punto y encontrar que la razón por la que te dio problemas era que esa escena no pertenecía a ese lugar.

5. No te encariñes con una escena
Ten cuidado cuando una escena te importa demasiado, cuando te importa más que el resto. Por lo general, resultará que no encaja.

6. Comprueba tus diálogos
Si vas a usar diálogos, pronuncia en voz alta cuando lo escribas. Solo entonces adquirirá un sonido realista.

1 jul 2014

¿No hay otro lugar donde podamos encontrarnos?

Nadine Gordimer



Era una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y apagado, se movía como el mar en un día silencioso.

Le picaba el áspero cuello del abrigo y tenía las mejillas suavemente frías, como si se hubiera lavado la cara con agua helada. Respiraba pausadamente; a la izquierda, una franja de rastrojos ardía en silencio, sin llama. Por encima zureaba una paloma. Pasó sobre la hierba apelmazada y pajiza, siguiendo los árboles unas veces por el sendero, otras no. A lo lejos, sobre el amasijo de ramas caídas, las líneas ondulantes de hierba negra y platino —tonos que se fundían sin color, como en un grabado—, estaba el horizonte, la orilla bañada por las nubes.

Venían bocanadas negras de hierba mojada y quemada, polvo ligero bajo sus pies. Oyó cómo tragaba saliva.

A lo lejos vio una figura que llevaba algo rojo en la cabeza, y tuvo una sensación de equilibrio, como si hubiera colocado la pincelada de una figura en un cuadro. Ella estaba aquí; alguien más estaba allí… Luego, el puntito rojo desapareció tras la curva de los árboles. Ella cambió el bolso y el paquete de un brazo a otro y sintió la mañana palpable, profundamente fría y pegada contra los ojos.

Llegó al final de la recta del sendero y dio la vuelta con este a un pino con flecos oscuros y a un arbusto, delicadamente podado, al que recordaba en verano cargado de ramas de flores blancas como cristales. En la siguiente arboleda había un nativo con gorro de lana roja; allí, el sendero cruzaba una zanja y lo bordeaban piedras blancas y pulidas. Ella arrancó unas agujas del pino, tres en un nudo de fino tejido marrón, y mientras caminaba se las pasó por el pulgar. Hacia abajo, suaves y tiesas; hacia arriba se encogían en una blanda resistencia cuando las diminutas puntitas se prendían a la piel. Él estaba de espaldas a ella, mirando hacia el camino por donde había venido; ella se pinchaba la yema del pulgar con las puntas de las agujas. Una de las perneras de los pantalones de él estaba cortada sobre la rodilla, y la parte de atrás de la pierna desnuda y el talón medio vuelto mostraba ese negro peculiarmente yerto y polvoriento que da el frío. Ella se le iba acercando a sabiendas de que él no la oía, pues caminaba sobre el polvo mojado del sendero. Llegó a su misma altura, le adelantó; él se volvió lentamente y miró más allá, sin el menor interés, como miran las vacas.

Vio que tenía los ojos rojos, como si no hubiera dormido en mucho tiempo, y el fuerte olor a sudor rancio le ardió en las narices. Cuando le adelantó, quiso toser, pero le frenó un pinchazo de culpabilidad por los ojos enrojecidos y cansados. Y él llevaba sólo unos harapos sucios —¿parte de una vieja camisa?—, sin mangas y deshilachados, con un agujero grande que iba desde la axila hasta la cintura. Aletearon los andrajos con las corrientes de frío que ella levantó al pasar. Había dejado caer el perfecto trío de agujas de pino en algún sitio, no supo en qué momento, de modo que, recordando alguna cosa de su niñez, levantó la mano hasta el rostro y se la olió. Sí, era como lo recordaba, no como pretenden los químicos con las sales de baño, un olor a verde polvoriento, más de vegetal que de flor. Era limpio, no humano. También ligeramente pegajoso, viscoso en los dedos. Tendría que lavárselos tan pronto llegara. A menos que sus manos estuvieran muy limpias, no conseguía desentenderse de ellas, se entrometían en sus pensamientos.

Oyó un ruido sordo en el suelo, como el sonido de una liebre que corre asustada, y a punto estaba de volverse cuando él apareció a su lado, sorprendente, totalmente inesperado, echándole en plena cara su aliento jadeante. Se quedó quieto y ella también. Todos los vestigios del control, de los sentidos, del pensamiento, desaparecieron en ella como cuando una habitación se queda a oscuras por un apagón eléctrico, y se encontró gimoteando como un idiota o un niño. De su garganta salieron sonidos animales. Farfulló. Por un instante fue el Miedo quien la atenazó por los brazos, las piernas, la garganta; no el miedo al hombre, ni la amenaza que pudiera representar, sino el Miedo absoluto, abstracto. Si la tierra se hubiera encendido en llamaradas a sus pies, si una bestia salvaje hubiera abierto su boca terrible para engullirla, no se hubiera sentido como en ese momento.

Vio ante sí un pecho que jadeaba por entre los desgarrones; un rostro acechante; debajo del gorro de lana roja, los ojos amarillentos y rojizos la miraban con desconfianza. Un pie, cuarteado por la intemperie hasta parecer madera resquebrajada, se movió para recuperar el equilibrio tras el aturdimiento que sigue a una carrera, pero cualquier movimiento parecía dirigirse a ella, que intentó gritar, aunque el terror de los sueños se hizo realidad y nada salió de su boca. Quiso arrojarle el bolso y el paquete, y mientras intentaba hacerlo, enloquecida, oyó un suspiro ronco y profundo; él hizo un ademán hacia ella y —¡ah!—. Ya estaba. Su mano le agarró el hombro.

Luchó con él y se estremeció con fuerza mientras forcejeaban. Se levantó el polvo alrededor de sus zapatos y de los pies descalzos al arrastrarse. El olor que él despedía la hizo atragantarse; llevaba una vieja chaqueta de pijama, no una camisa. Su rostro era tétrico y tenía una mancha rosada, despellejada. Ella aspiró desesperadamente por la nariz, sin aliento. Le castañetearon los dientes; le dio un cabezazo con furia y se apartó, pero él la aferró por los faldones del abrigo y la atrajo de un tirón. Ella alzó la cara y vio los tonos de un cielo gris y una grulla que volaba sobre ellos, hermosa como el mascarón de proa de un navío. Se tambaleó para recobrar el equilibrio y se le cayeron el bolso y el paquete. Inmediatamente, él se lanzó sobre ambos y ella se dio la vuelta, pero cuando estaba a punto de dejarse caer de rodillas sobre sus cosas, se apoderó de ella un alivio repentino, como un flujo de lágrimas, y en lugar de arrodillarse echó a correr. Corrió y corrió, tambaleándose locamente entre los altos tallos de hierba seca, tropezando con matas endurecidas por el invierno, metiéndose entre árboles y arbustos. Las jóvenes mimosas la rodearon, formando una espesura de ramitas que llegaba hasta el suelo, pero se abrió paso sintiendo el polvo en los ojos y las escamosas ramas que se le enredaban en el pelo. Había una zanja con matorrales que le llegaban hasta las rodillas; como alfileres atraídos por un imán, se pegaron a sus piernas, pero al otro lado había un cercado y luego la carretera… Tocó la cerca —sus manos no eran capaces de nada— e intentó arrastrarse por entre los alambres, pero las púas se enredaron en el abrigo y quedó aprisionada, doblada por la cintura, mientras oleadas de terror la recorrían sofocantes y temblorosas. Por fin las púas rasgaron la tela; estremecida y frenética, pasó la cerca.

Y ya estaba a salvo. Estaba en la carretera. A poca distancia había casas con jardines, buzones, el columpio de algún niño. Un perrito estaba sentado ante una verja. Oyó un débil zumbido, como si fuera la vida, conversaciones en alguna parte o, tal vez, los cables del teléfono.

Temblaba tanto que no podía estarse quieta. Tuvo que seguir andando rápidamente por la carretera. Todo estaba en silencio y gris, como la mañana. Y frío. Sentía el aire helado en torno a la boca y entre las cejas, donde el sudor le bañaba la piel, y la fría humedad que la empapaba bajo las axilas y entre las nalgas. Le latía lento y desacompasado el corazón. Sí, el viento era frío; de repente tuvo frío, un frío húmedo por todo el cuerpo. Levantó la mano, que seguía temblando incontrolable, y se alisó el pelo; notó húmedo el nacimiento de los cabellos. Se llevó la mano al bolsillo y encontró un pañuelo con el que sonarse.

Ante ella estaba la verja de la primera casa.

Pensó en la mujer que acudiría a la puerta, en las explicaciones, en el rostro de la mujer y en la policía. ¿Por qué luché?, pensó de repente. ¿Para qué luché? ¿Por qué no le di el dinero y le dejé marcharse? Sus ojos enrojecidos, el olor y sus pies agrietados, llenos de fisuras, de erosiones. Se estremeció. El frío de la mañana fluyó por todo su cuerpo.

Se alejó de la puerta y salió lentamente a la carretera, como una inválida, comenzando a quitarse las espinas de las medias.

24 jun 2014

Reunión

John Cheever



La última vez que vi a mi padre fue en la Estación Gran Central. Yo iba de la casa de mi abuela, en los Adirondack, a un cottageen el Cabo alquilado por mi madre. Le escribí a mi padre que estaría en Nueva York, entre dos trenes, durante una hora y media, y le pregunté si podíamos almorzar juntos. Su secretaria me escribió diciendo que él se encontraría conmigo a mediodía frente al mostrador de información, y a las doce en punto lo vi venir entre la gente. Para mí era un desconocido –mi madre se había divorciado de él hace tres años y desde entonces no lo había visto- pero apenas lo vi sentí que era mi padre, un ser de mi propia sangre, mi futuro y mi condenación.Supe que cuando creciera me parecería a él; tendría que planear mis campañas ateniéndome a sus limitaciones. Era un hombre alto y apuesto, y me complació enormemente volver a verlo. Me palmeó la espalda y estrechó mi mano.

-Hola, Charlie –dijo-. Hola, hijo. Me agradaría llevarte a mi club, pero está en la calle 60, y si tienes que tomar el tren será mejor que comamos aquí. – Me pasó el brazo sobre los hombros, y yo olí a mi padre del mismo modo que mi madre huele una rosa. Era una intensa mezcla de whisky, loción de afeitar, pomada de zapatos, lanas y el olor de un varón maduro. Abrigué la esperanza de que alguien nos viera juntos. Deseé que pudiéramos fotografiarnos. Quería conservar un recuerdo de nuestra reunión.

Salimos de la estación, entramos por una calle lateral y entramos en un restaurante. Aún era temprano y el local estaba vacío. El barman estaba discutiendo con un repartidor y al lado de la puerta de la cocina había un camarero muy viejo con una chaqueta roja. Nos sentamos, y mi padre llamó en alta voz al camarero.

-Kellner! –gritó-. Garçon! Cameriere! ¡Usted! –En el restaurante vacío su estridencia parecía fuera de lugar. -¡Alguien que pueda atendernos! –gritó-. Chop-chop. –Después batió las palmas. Así atrajo la atención del camarero, que arrastrando los pies se acercó a nuestra mesa.

-¿Usted golpeó las manos para llamarme? –preguntó.

-Cálmese, cálmese, Sommelier –dijo mi padre-. Si no es demasiado pedirle... si no significa imponerle una obligación excesiva, desearíamos un par de Gibson.

-No me gusta que me llamen golpeando las manos –dijo el camarero.

-Tendría que haber traído mi silbato –dijo mi padre-. Tengo un silbato que es audible sólo para los camareros viejos. Bien, prepare su anotador y su lapicito y vea si puede escribirlo bien: Dos Gibson. Repita conmigo: Dos Gibson.

-Será mejor que vaya a otro lugar –dijo en voz baja el camarero.

-Ésa –dijo mi padre- es una de las sugerencias más brillantes que he oído jamás. Vamos, Charlie, salgamos de esta covacha.

Salí del restaurante con mi padre y entramos en otro. Esta vez no se mostró tan ruidoso. Llegaron las bebidas, y me interrogó acerca de la temporada del campeonato de béisbol. Después, golpeó con el cuchillo el borde de la copa vacía y de nuevo empezó a gritar.

-Garçon! Kellner! Cameriere! ¡Usted! Puede molestarse en traernos dos más de lo mismo.

-¿Qué edad tiene el muchacho? – preguntó el camarero.

-Eso –dijo mi padre- qué mierda le importa.

-Lo siento, señor –dijo el camarero- pero no le serviré otra bebida al muchacho.

-Bien, tengo algo que decirle –dijo mi padre-. Tengo algo muy interesante que decirle. Ocurre que no es el único restaurante en Nueva York. Abrieron otro en la esquina. Vamos, Charlie.

Pagó la cuenta y salimos de ese restaurante y entramos en otro. Aquí, los camareros tenían chaquetas rosadas, como cazadores, y de las paredes colgaban diferentes arreos. Nos sentamos, y mi padre empezó a gritar otra vez.

-¡Perrero mayor! Iujuuú, y todo eso. Queremos beber algo para el estribo. A saber, dos Bibson.

-¿Dos Bibson? –preguntó el camarero, sonriendo.

-Maldito sea, sabe muy bien lo que deseo –dijo irritado mi padre-. Quiero dos Gibson, y de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Así me dice mi amigo el duque. Veamos qué puede darnos Inglaterra cuando pedimos un cóctel.

-No estamos en Inglaterra –dijo el camarero.

-No discuta conmigo –replicó mi padre-. Haga lo que le ordenan.

-Pensé que tal vez desearía saber dónde está –dijo el camarero.

-Si hay algo que no puedo tolerar –dijo mi padre-, es a los criados insolentes. Vamos, Charlie.

El cuarto lugar era italiano.

Buon giorno –dijo mi padre-. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti, forti. Molto gin, poco vermut.

-No entiendo italiano –dijo el camarero.

-Oh, vamos –dijo mi padre-. Entiende italiano, y claro que lo entiende.Vogliamo due cocktail americani. Subito.

El camarero se retiró y habló con su jefe, que se acercó a nuestra mesa y dijo:

Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.

-Muy bien –dijo mi padre-. Denos otra mesa.

-Todas las mesas están reservadas –dijo el jefe de camareros.

-Entiendo –dijo mi padre-. No desean servirnos. ¿Es así? Bien, váyase a la mierda. Vada all´inferno. Vamos, Charlie.

-Tengo que tomar mi tren –dije.

-Lo siento, hijito –dijo mi padre-. Lo siento muchísimo. –Me pasó el brazo sobre los hombros y me apretó contra su cuerpo. –Te acompañaré a la estación. Si hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club.

-Está bien, papá –dije.

-Te compraré un diario –dijo-. Te compraré un diario para que leas en el tren. Se acercó a un puesto de periódicos y dijo:

-Amable señor, ¿tendría la bondad de hacerme el favor de venderme uno de sus malditos diarios vespertinos, esos que no sirven para nada y cuestan diez centavos? –El empleado se apartó de él y miró fijamente la tapa de una revista. -¿Es mucho pedir, bondadoso señor –dijo mi padre-, es mucho pedir que me venda de esos asquerosos especímenes del periodismo amarillo?

-Tengo que irme, papá –dije-. Es tarde.

-Vamos, espera un momento, hijito –dijo-. Nada más que un segundo. Quiero que este tipo me conteste.

-Adiós, papá –dije, y bajé la escalera y abordé mi tren. Fue la última vez que vi a mi padre.

11 jun 2014

Decálogo

Andrés Neuman



1. Contar un cuento es saber guardar un secreto.

2. Aunque hablen en pretérito, los cuentos suceden siempre "ahora". No hay tiempo para más ni falta que hace.

3. El excesivo desarrollo de la acción es la anemia del cuento, o su muerte por asfixia.

4. En las primeras líneas un cuento se juega la vida; en las últimas líneas, la resurrección. En cuanto al título, paradójicamente, si es demasiado brillante se olvida pronto.

5. Los personajes no se presentan: actúan. La atmósfera puede ser lo más memorable del argumento. La mirada, el personaje principal.

6. El lirismo contenido produce magia. El lirismo sin frenos, trucos.

7. La voz del narrador tiene tanta importancia que no debe escucharse demasiado.

8. Corregir: reducir.

9. El talento es el ritmo. Los problemas más sutiles empiezan en la puntuación.

10. En el cuento, un minuto puede ser eterno y la eternidad caber en un minuto.

11. Narrar es seducir: jamás satisfagas del todo la curiosidad del lector.

10 jun 2014

Decálogo de un hacedor de minificciones



Marcial Fernández


1.- Una minificción siempre es un relámpago.
2.- Lo que no se dice en la minificción siempre es más importante que lo que se dice.

Es decir:

3.- La minificción sugiere.

4.- Evoca.

5.- Oculta.

6.- Descubre.

¿Cómo?

7.- Como se descubren los duendes.

Es decir:

8.- Si la minificción no es un duende no es minificción, no es literatura.

9.- Por ello, más que cualquier otro género literario, necesita a un lector-creador que complete (y se deleite) lo que el escritor-creador escribe.

Ergo
10.- Es tan infinita como la carrera de los cien metros, la prueba reina de los juegos.

31 may 2014

¡Sea por Dios y venga más!

Laura Esquivel
Tomado del libro: Para leer de boleto en el metro, Núm. 8.



Toda la culpa de mis desgracias la tiene la Chole. Apolonio es inocente, digan lo que digan. Lo que pasa es que nadie lo comprende. Si de vez en cuando me pegaba era porque yo lo hacía desesperar y no porque fuera mala persona. Él siempre me quiso. A su manera, pero me quiso. Nadie me va a convencer de que no. Si tanto hizo para que aceptara a su amante, era porque me quería.

Él no tenía ninguna necesidad de habérmelo dicho. Bien la podía haber tenido a escondidas, pero dice que le dio miedo que yo me enterará por ahí de sus andanzas y que lo fuera a dejar. Él no soportaba la idea de perderme porque yo era la única que lo comprendía. Mis vecinas pueden decir misa, pero a ver, ¿quiénes de sus maridos les cuentan la bola de amantes que tienen regadas por ahí? ¡Ninguno! No, si el único honesto es mi Apolonio. El único que me cuida. El único que se preocupa por mí. Con esto del sida, es bien peligroso que los maridos anden de cuzcos, por eso, en lugar de andar con muchas decidió sacrificarse y tener sólo una amante de planta. Así no me arriesgaba al contagio de la enfermedad. ¡Eso es amor y no chingaderas! ¡Pero ellas qué van a saber!

Bueno, tengo que reconocer que al principio a mi también me costo trabajo entenderlo. Es más, por primera vez le dije que no. Adela, la hija de mi comadre era mucho más joven que yo y me daba mucho miedo que Apolonio la fuera a preferir a ella. Pero mi Apo me convenció de que eso nunca pasaría, que Adela realmente no le importaba. Lo que pasaba, era que necesitaba aprovechar sus últimos años de macho activo porque luego ya no iba a tener chance. Yo le pregunté que porqué no lo aprovechaba conmigo, y él me explicó hasta que lo entendí, que no podía, que ese era uno de los problemas de los hombres que las mujeres no alcanzamos a entender. Acostarse conmigo no tenía ningún chiste, yo era su esposa y me tenía a la hora que quisiera. Lo que le hacia falta era confirmar que podía conquistar a muchachitas. Si no lo hacía, se iba a traumar, se iba a acomplejar y entonces sí, ya ni a mí me iba a poder cumplir. Eso sí que me asustó.

Le dije que está bien, que aceptaba que tuviera su amante. Entonces me llevó a Adela para que hablará con ella, porque Adelita, que me conocía desde niña, se sentía muy apenada y quería oír de mi propia boca que yo le daba permiso de ser la amante de Apolonio. Me explicó que ella no iba a quedarse con él. Lo único que quería era ayudar en nuestro matrimonio y que era preferible que Apolonio anduviera con ella y no con otra cualquiera que sí tuviera interés en quitármelo. Yo le agradecí sus sentimientos y me parece que hasta la bendije. La verdad, yo estaba más que agradecida porque ella también se estaba sacrificando por mí.

Adela, con su juventud, bien podría casarse y tener hijos y en lugar de eso estaba dispuesta a ser la amante de planta de Apolonio, nomás por buena gente.

Bueno, el caso es que el día que vino, hablamos un buen rato y dejamos todo aclarado. Los horarios, los día de visita, etc. Se supone que con esto yo debería de esta muy tranquila. Todo había quedado bajo control. Apolonio se iba a apaciguar y todos contentos y felices. Pero no sé por qué yo andaba triste.

Cuando sabía que Apolonio estaba con Adela no podía dormir. Toda la noche me la pasaba imaginando lo que estarían haciendo. Bueno, no necesitaba tener mucha imaginación para saberlo. Lo sabía y punto. Y no podía dejar de sentirme atormentada. Lo peor era que tenía que hacerme la dormida pues no quería mortificar a mi Apo.

El no se merecía eso. Así me lo hizo ver un día en que llegó y me encontró despierta. Se puso furioso. Me dijo que era una chantajista, que no lo dejaba gozar en paz, que él no podía darme más pruebas de su amor y yo en pago me dedicaba e espiarlo, a atormentarlo con mis ojos llorosos, y mis miedos de que nunca fuera a regresar. ¿Qué acaso alguna vez me había faltado? Y era cierto, llegaba a las cinco o a las seis de la mañana pero siempre regresaba.

Yo no tenía porque preocuparme. Debería estar más feliz que nunca y ¡sabe Dios por qué no lo estaba! Es más, me empecé a enfermar de los colerones que me encajaba el canijo Apolonio. Daba mucho coraje ver que le compraba a Adela cosas que a mí nunca me compró. Que la llevaba a bailar, cuando a mí nunca me llevó. Bueno, ¡ni siquiera el día de mi cumpleaños cuando cantó Celia Cruz y yo le supliqué que me llevara! De puritita rabia, los ojos se me empezaron a poner amarillos, el hígado se me hinchó, el aliento se me envenenó, los ojos se me disgustaron, la piel se me mancho y ahí fue cuando la Chole me dijo que el mejor remedio en esos casos era poner en un litro de tequila un puño de té de boldo compuesto y tomarse una copita en ayunas. El tequila con boldo recoge la bilis y saca los corajes del cuerpo. Ni tarda ni perezosa fue al estanquillo de la esquina, le compré a Don Pedro una botella de tequila y la preparé con su boldo. A la mañana siguiente me lo tomé y funcionó muy bien.

No sólo me sentía aliviada por dentro, sino bien alegre y feliz, como hacía muchos días no me sentía. Con el paso del tiempo, los efectos del remedio me fueron mejorando. Apolonio, al verme sonriente y tranquila, empezó a salir cada vez más con Adela y yo a tomarme una copita cada vez que esto pasaba, fuera en ayunas o no, para que no me hiciera daño la bilis. Mis visitas a la tienda de Don Pedro fueron cada vez más necesarias. Si al principio una botella de tequila me duraba un mes, llegó el momento en que me duraba un día. ¡Eso sí, estaba segura de que no tenía ni una gota de bilis en mi cuerpo! Me sentía tan bien, que hasta llegué a pensar que el tequila con boldo era casi milagroso. Bajaba por mi garganta limpiando, animando, sanando, reconfortando y calentado todo mi cuerpo, haciéndolo sentir vivo, vivo, ¡vivo!

El día en que Don Pedro me dijo que ya no me podía fiar ni una botella más creí que me iba a morir. Yo ya no era capaz de vivir un solo día sin mi tequila. Le supliqué. Al verme tan desesperada se compadeció de mí y aceptó que le pagara de otra manera. Al fin que siempre me había traído ganas el condenado. Yo la mera verdad, con tanto calor en mi cuerpo también estaba de lo más ganosa y ahí sobre el mostrador fue que Apolonio nos encontró dando rienda suelta a las ganas.

Apolonio me dejó por borracha y puta. Ahora vive con Adela. Y yo estoy tirada a la perdición. ¡Y todo por culpa de la pinche Chole y sus remedios!

19 may 2014

Creo, vieja, que tu hijo la cagó

Jorge Valdano
Tomado del libro: Y el fútbol contó un cuento




Juan Antonio Felpa era de talante tranquilo, pero resolvió asegurarse el sueño de la noche previa a la del día del partido con medio somnífero porque estaba inquieto, y no le faltaba razón. El hábito lo despertó a las siete de la mañana, e instantáneamente un cosquilleo nervioso en el estómago le anunció que era domingo, día de fútbol, y decidió quedarse un poco más en la cama a pensar en el partido. Consumió varios minutos parando penaltis en idénticas versiones. Era su sueño favorito, su fantasía recurrente: 0-0 faltando un minuto y penalti en contra; silencio expectante, miradas de ojos grandes, intuición exacta y él en el aire abrazado a la pelota y otra vez él en el suelo sintiéndose dueño de los aplausos, responsable de la catástrofe diminuta que sufrían las emociones de cientos de aficionados; 0-0 final. A veces imaginaba lo mismo con ventaja de 1-0 para su equipo, pero esa historia le gustaba menos porque tenía que repartir la gloria con el compañero que había marcado el gol. A Juan Antonio Felpa, obrero de Fábricas Unidas y portero del Sportivo Atlético Club, se le dibujaba una sonrisa estúpida cuando paraba penaltis mentalmente, aunque él no se daba cuenta. Se acordó del tiempo con la preocupación de un agricultor; saltó de la cama y se fue hasta la puerta rogando que no lloviera, Aquel 16 de septiembre de 1964, la primavera se había adelantado cinco días al calendario. Era una mañana irreprochable. Ese sol que invitaba a vivir le recordó, la enfermedad de su padre: "Día peronista", hubiera dicho él. Luego pasaría a visitarlo para hacerle olvidar por un rato la tristeza de perderse el clásico. Entró a la humilde cocina a tomarse un té, como era su costumbre dominguera, sin poder sacarse el partido de la cabeza. Clavó la vista en un poster arrugado de Amadeo Carrizo que había pegado años atrás en la pared. Sin haberlo visto nunca jugar, había sido siempre hincha del River Plate. Buenos Aires estaba a muchos kilómetros y a muchos pesos de distancia, pero él idealizaba la trayectoria del equipo capitalino y la de su portero legendario a través de la radio y de la revista El Gráfico. Como admirar es identificarse, Felpa se sentía el Carrizo del pueblo, le emulaba algunos gestos y hasta había conseguido una gorra a cuadros parecida a la que el portero riverplatense usaba para defenderse del sol. "Grande maestro", le murmuró Juan Antonio a la foto de Amadeo en el preciso instante en que su mujer, con ojos todavía dormilones, entraba en la cocina:

-Hablás solo.

-No, pensaba.

Recibió el beso cariñoso y joven de Mercedes y los dos hablaron durante largo rato de simples cosas suyas.

Juntos escucharon a Johnny Lambard anunciando el partido: "A las cinco de esta tarde, en el campo comunal, Sportivo y Argentino de Las Parejas se juegan el título de Liga en el partido más esperado del año". Esa voz emotiva, que paseaba en un coche lento y que era ampliada por dos grandes altavoces ubicados sobre el techo, lograba que Felpa se sintiera importante. Piel de gallina se le ponía.


HONOR EN JUEGO

Todavía faltaban cinco partidos para que terminara el campeonato, y los dos equipos que dividían el pueblo -los celestes del Argentino y los verdirrojos del Sportivo- compartían el primer puesto de la Liga Cañadense de Fútbol. Esa tarde ponían el honor y la vergüenza en juego para definir de una vez por todas quién era quién en la Liga.

Desde hacía una semana no se hablaba de otra cosa. Circulaban las apuestas, se espesaban las bromas y los más impacientes ya se habían cruzado algún puñetazo. Estaba clarito en el ambiente que lo que se jugaba era el clásico más importante de los últimos tiempos.

-¿Qué tal en la fábrica? -preguntó Mercedes.

-Y... esta semana, ya sabés, los muchachos me volvieron loco.

Orgulloso, Juan Antonio le contó a su mujer, entre otras cosas, que el patrón, palmeándole la espalda, le había dicho: "Juan, el domingo te tenés que portar, ¿eh?".

Felpa era un buen tipo, de 26 años, casado no hacía mucho tiempo y con un niño de meses. De gustos sencillos, querido y popular, era de esa clase de hombres que teniendo poco no necesitan más. Se vistió con ropa de domingo, revisó la bolsa de deportes, olió con ganas y sin ruidos la habitación del hijo dormido y se despidió de su mujer sin mucha ceremonia.

En el sanatorio San Luis, sentado en la cama donde convalecía su padre de una operación estomacal, recibió con paciencia consejos futbolísticos. Recordaron aquel día que habían ido a cazar y Juan Antonio, con 10 años, salió corriendo y se tiró de panza sobre una liebre a la que el padre había apuntado y pretendía disparar con su vieja escopeta. La liebre se escapó y el imprudente proyecto de guardameta, que vivía abalanzándose sobre cualquier cosa, recibió una paliza de la que no se olvidaría nunca más. En esa época le empezaron a llamar Gato. Su padre, hombre de carácter fuerte, que amaba al Sportivo con la misma intensidad con que odiaba al Argentino, nunca estuvo de acuerdo con que su hijo fuera portero, y no sólo porque le espantaba las liebres, sino porque siempre había pensado que los porteros eran medio imbéciles. Pero quería tanto a su único hijo que mudó el prejuicio y terminó mirando los partidos desde detrás de la portería, aunque era más lo que molestaba con sus gritos que lo que respaldaba.

En la cama del sanatorio, don Jesús Eladio Felpa se sentía mejor, pero no poder ver ese clásico lo tenía algo excitado. Iba a tener que conformarse con abrir las ventanas de su habitación para interpretar los gritos que Regaran desde la cancha. A 200 metros de distancia era capaz de identificar, aguzando el oído, las jugadas peligrosas, el equipo que dominaba y, sin dudar, a qué equipo pertenecía el gol que se marcaba. Treinta y cinco años viendo al Sportivo le habían enseñado mucho. Su pobre mujer tenía que soportar en silencio el relato aproximado que don Jesús hacía de las jugadas.

Juan Antonio se fue a la sede del club llevándose una última recomendación paterna:

-Métanle cinco goles, así no hablan nunca más.


FABRICAR UN PENALTI

En el camino volvió a fabricar un penalti en la cabeza. Siempre se tiraba hacia la derecha y apresaba entre sus manos el balón que llegaba a media altura. "La esperanza es el sueño de los despiertos", escuchó un día.

En la sede encontró más gente que nunca y un clima prebélico. Las manos se le posaban en los hombros como mariposas brutas y contestó con una sonrisa los comentarios de siempre: "No te preocupes, que hoy ni se acercan...". A las cinco cerrará las persianas, ¿eh?...". "¿A quién le ganaron ésos?"... Llegó a la tranquilidad del restaurante y saludó a sus compañeros, la mayoría de pueblos y ciudades cercanas a los que no veía desde el domingo pasado. Eran buena gente, pero él envidiaba la capacidad que tenía el Argentino para formar jugadores del pueblo. El Tano Perazzi lo explicaba bien: "Los del pueblo juegan por la camiseta, y los de afuera juegan por la plata". Pero siempre había sido así, y, la verdad, mucha plata no había.

Comieron carne asada con ensalada, y después la Bruja Mirage, ex jugador y en aquel momento entrenador, dio la alineación y dijo las cuatro tonterías de siempre con tono de haber inventado el fútbol.

Los Felpa, padre e hijo, no lo tragaban porque nunca había defendido el fútbol local. Cuanto de más lejos le traían los jugadores, más contento estaba. Además, jugaba sin wines, y tácticamente se equivocaba mucho. Los dos solían acordarse del día en que el Negro Moyano lo saludó a los gritos en mitad del bar Victoria:

-¿Cómo te va, embrague?

-¿Por qué embrague? -preguntó el entrenador con poca prudencia.

-Porque primero metés la pata y después hacés los cambios -le soltó elNegro para que se riera todo el mundo.

Cómo sufrió el odio Mirage esa vez.

Los jugadores decidieron irse para la cancha distribuidos en cuatro coches particulares de directivos de la comisión de fútbol. Salieron por la puerta trasera para no darle oportunidad a los pesados. En el vestuario empezaron a respirar el clima del partido. Ahí adentro olía a fútbol. El partido estaba cerca, y afuera crecía el ruido. Apretados por los nervios, se vistieron, se masajearon e hicieron movimientos de calentamiento como si se tratara de un ritual.

El Gato Felpa, en un rincón, sólo movía los brazos y de vez en vez tiraba algún golpe al aire como los boxeadores. Se ponía rodilleras y unos pantalones cortos acolchados en las caderas para amortiguar los golpes de las caídas. No usaba guantes ni entendía cómo se podía atajar con ellos. Si alguien se lo preguntaba, había aprendido una frase que le gustaba repetir: "Me quitan sensibilidad". Los hierros entre los que trabajaba durante la semana habían modelado manos fuertes, y a él le gustaba sentir la pelota entre sus dedos. El equipo, como era su costumbre, hizo un coro y todos encimaron las manos sobre las del capitán para dar tres gritos de guerra que contribuían a darles confianza y a hacerlos sentir más juntos. De rebote, también valía para asustar a los del vestuario contiguo. Se fueron para el túnel, con música de tacos de cuero sobre el suelo y cuidando de no resbalarse en el cemento. Cuando asomaron la cabeza estalló la mitad roja-verde del campo. Los celestes ocupaban el lado opuesto y homenajearon a sus jugadores tres minutos después: Ahí estaba todo el pueblo. Era día grande, de esos que dejan hablando al pueblo durante semanas; banderas, papeles picados, bombos, matracas gigantes, cantos; no faltaba nada.

El sermón arbitral fue breve: "A jugar y a callar", dijo a los capitanes en el centro del campo antes de sortear las porterías.

El griterío de la gente y la emotividad de lo que estaba en juego dignificó en parte el fútbol pobre que se jugó en la primera mitad. Los dos equipos trataban de aprovechar el descuido del adversario, pero, eso sí, sin descuidarse. Se tenían miedo y estaban tensos, y eso, procesado futbolísticamente, da como resultado un partido trabado e impreciso.

Acertó don Jesús Eladio Felpa, en el sanatorio, cuando le resumió el primer tiempo a su mujer:

-Partido malo, vieja, ni ocasiones de gol crearon.

Se jugó mal, es cierto, pero se jugó en serio. Las piernas se metían fuertes y entre los jugadores se escucharon palabras duras.

El segundo tiempo pareció un poco más abierto, pero pisaron poco las áreas. Los dos equipos malograron alguna oportunidad, pero no fueron frutos de balones claros, sino de rebotes afortunados o de errores cometidos por piernas cansadas.

Pero de un clásico de pueblo nadie se va antes de tiempo. Certero otra vez don Jesús, le advirtió a su paciente mujer, faltando unos 15 minutos, que "todavía podía pasar cualquier cosa". En ese segundo tiempo, Juan Antonio se calzó la gorra, porque el sol estaba bajo y pegaba de frente. Sus pocas intervenciones las había resuelto con sobriedad, salvo aquella pelota que llegó combada y despejó por encima del travesaño tirándose para atrás. Una parada más espectacular que difícil. Desde atrás dio órdenes, animó a sus compañeros y en ningún momento perdió concentración. Hasta el momento de la jugada que nunca más olvidarían quienes estaban ahí, el partido no se había dado para que él se luciera.

Faltaban cuatro minutos para el final cuando el Gringo Santoni, siempre tan apresurado, despejó a córner sin necesidad. Había llegado ese momento en el cual los menos interesados miraban el reloj con ganas de que aquello terminara de una vez, los borrachos hablaban solos y los fanáticos estaban trepados a las vallas totalmente desencajados. El córner venía fuerte y el Gato Felpa, todo hay que decirlo, dudó en la salida y se quedó a mitad de camino. El Oso Antuña, defensor central del Argentino, no necesitó saltar para cabecear seco al ángulo cruzado. El Enano Zárate, que con esa altura no podía marcar a nadie por arriba y que en los córneres era el encargado de cuidar el primer palo, supo instintivamente que con la cabeza jamás podía llegar a esa pelota, y la despejó de un manotazo. ¡Penalti!

Aquello calentó a los indiferentes, congeló a los fanáticos y hasta calló a los borrachos. El lado celeste de la cancha se puso de fiesta y la gente del Sportivo esperaba, inmóvil y muda, a que los dioses del fútbol les dieran una mano. Todo lo que estaba pasando se parecía mucho a la fantasía de Juan Antonio Felpa.


LA FE DE LOS HÉROES

El sol, del otro lado de la cancha, se había caído detrás de los cipreses, y Felpa, parado en el centro de la línea de meta, se quitó la gorra muy resuelto y la tiró adentro de la portería. Sintió un frescor agradable en la cabeza sudada y quizá por eso experimentó la fe de los héroes.

A 11 metros de distancia, el Beto Nieva ya estaba frente a la pelota. Se cruzaron una mirada huidiza; medio cómplice y medio asesina.

Juan Antonio Felpa flexionó levemente las rodillas y con los ojos fijos en el lanzador escuchó la orden del árbitro. Ya tenía la decisión tomada. Cuando el Beto golpeó la pelota, Felpa ya volaba en la dirección del sueño. Al lado del palo derecho, se abrazó a la pelota en el aire, y antes de caer al suelo sintió, como un relámpago, la alegría más grande de su vida.

Ahora era la mitad rojo-verde del campo la que se había puesto de fiesta al grito de "Felpa", "Felpa", "Felpa". Yo no sé lo que le pasó en ese momento, porque en 25 años nadie logró hablar con él del tema sin que se enfadara, pero para mí que esos gritos lo confundieron y eso lo llevó a tomar el camino más absurdo de su vida. Lo cierto es que se levantó del suelo endiosado, y queriendo prolongar ese momento mágico, cometió el error de ir a buscar la gorra dentro de la portería con la pelota debajo del brazo. El árbitro dudó antes de dar el gol, y el campo entero tardó en echarse las manos a la cabeza entre eufóricas risas celestes y sorprendidos lamentos verdirrojos. El extraño coro de murmullos que quedó flotando en el ambiente desconcertó a don Jesús Eladio Felpa, que había sufrido con el penalti ("hay que reconocer que fue justo, vieja") y se había alegrado con el paradón. Intuyó que algo malo había pasado, y con una mínima esperanza de haberse equivocado, miró a su santa mujer y le comentó entre triste y preocupado:

-Creo, vieja, que tu hijo la cagó.

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