18 ago 2012

68 veces cobarde


Manuel Yáñez



El sol era una bola de fuego, agobiante y omnipresente. Los dedos largos, finos y ultrasensibles de Wild Bill Haycox alcanzaron la cantimplora. Antes de beber se desabrochó la pequeña corbata que montaba sobre los dos botones de su camisa de algodón, antaño siempre almidonada e impecable pero en aquel momento sucia de polvo y sudor. Levantó la cabeza, cerró los ojos y espantó un mal recuerdo. El agua produjo una tentación de náusea en su garganta acostumbrada al mejor whisky, y sólo consumió la suficiente para eliminar la sequedad de los labios. Mientras, el caballo avanzaba al trote, con los belfos manchados de espuma y todo el negro cuerpo abrillantado por el calor tórrido del desierto.



Jinete y montura ya no componían la estampa del arrogante centauro a cuyo paso las gentes de paz corrían a esconderse en los rincones más seguros de sus casas, a la vez que los indeseables asomaban sus rostros de buitres y sus risas de hienas para demostrar el servilismo que les unía al pistolero, cuyos colts del 38, especialmente ajustados a las habilidades de su propietario, habían dado muerte a 68 personas.



En aquel territorio todo carecía de pedestal humano, debido a que el polvo, la temperatura y un océano de tierra y rocas peladas sólo admitían la lucha más desesperada por la supervivencia. Por eso el pistolero de cuarenta y nueve años llevaba un mapa, una brújula y las suficientes provisiones. Sin embargo, sus ojos de halcón mostraban unas bolsas que evidenciaban la falta de descanso físico y mental, el rostro tallado con escoplo adquiría una superior perversidad debido a una barba de tres días y la línea de la boca, blanquecina y apretada, no necesitaba convertir el palabras al anuncio del veneno que encerraba.



Buscó alguna zona de sombras en el terreno pedregoso por el que iba a adentrarse. Tiró de las riendas con crueldad, para arrancar a su caballo de una imposible somnolencia y llegó a donde quería en una rápida cabalgada. Luego, saltó al suelo, sujetó a la bestia en una pared rocosa, cogió las alforjas y marchó en busca de su descanso. Pero fue incapaz de dormir y de liar un cigarrillo. Debió convencerse de que no ejercía ningún dominio sobre su cerebro. Hacía tiempo que le temblaban los nervios igual que a un alcoholizado.



Se mordió los labios, cerró los puños hasta clavarse las uñas en las palmas, estiró las piernas y se dijo que él era un hombre de temple acerado. De pronto, como repuesta, su mente quedó inundada por una sonrisa delgada, cínica y desafiadoramente juvenil, a la vez que ensordecía sus oídos el recuerdo de una grito:



«¡El viernes, a las doce y treinta, te espero en la calle principal de Canyoun River! ¡Viejo, procura entrenar tus dedos y engrasar esos colts del 38, porque yo, Sam Ballard, me he propuesto heredar tu negra fama!»



Antes, más de 30 hombres de todas las edades habían pretendido lo mismo. Pero aquel coyote tejano era distinto a todos, porque exultaba juventud, se leía en sus ojos que no temía a la muerte, y las muescas de sus revólveres proclamaban que había quitado la vida a una docena de pistoleros. Wild Bill le tuvo miedo, por eso se encontraba en el desierto, huyendo por primera vez en su vida. Quizás esa fuera la causa que inquietaba su ánimo y le impedía conciliar el sueño, o ¿acaso tuvieran la culpa las pesadillas nocturnas que venían acosándole desde hacía varios meses?



Todo debió comenzar aquella mañana que se despertó con los dedos pulgar e índice de la mano derecha casi agarrotados. No pudo creerlo. A lo largo de una hora de maldiciones y temblores, se vio bajo la evidencia de la edad y de los excesos a los que había sometido a su cuerpo. Más tarde, marchó en busca del médico, al que obligó con el cañón de un colt del 38 a que le dijese qué significaba aquella dolencia.



—Es una pequeña artritis —diagnosticó el viejo galeno—. Sumergiendo la mano en agua caliente y con esta pomada recuperará la movilidad de sus dedos. Pero le aconsejo que no vuelva a probar el alcohol...



—¿Puedo confiar en que no contará a nadie esto, «matasanos»? —preguntó amartillando una de sus armas.



—Se lo juro... Créame... Yo nunca he sido su enemigo, míster Haycox...



Seguidamente, el pistolero se sometió a un régimen de enclaustramiento, hasta que se convenció de que su diestra volvía a ser como siempre. Y el primer día que pudo reanudar su vida normal, se cuidó de comprobar si el «matasanos» se había ido de la lengua. Terminó sabiendo que todos creían que su ausencia obedecía a algún viaje; no obstante, aquella misma noche, se encargó de meter dos balas en la barriga del tipo que poseía una información demasiado peligrosa.



El dueño de los «dedos más rápidos del Far West» pagaba así los favores que se le hacían.



Un escalofrío le obligó a abandonar los recuerdos. La temperatura del desierto había descendido exageradamente por culpa de la noche. Se incorporó mirando la luna menguante, dispuesto a proseguir la marcha. Desató al caballo, subió a la silla de montar y clavó las espuelas. Durante unos veinte minutos se sometió a una rápida cabalgata, como si pretendiera escapar de su propia conciencia. Pero éste era un empeño imposible.



Repentinamente, tiró de las bridas con fuerza, obligando a que su montura se alzara sobre las patas traseras, y se quedó atónito. Una muda maldición entreabrió sus labios y sus ojos expresaron el asombro impropio de un poker-face. Intentando tragar una saliva inexistente en su boca reseca, extrajo el mapa del bolsillo interior de su chaqueta negra, donde también acostumbraba a llevar la ventaja de un diminuto Patterson del 34, encendió una cerilla y buscó su exacto emplazamiento den el desierto. Pero no halló lo que buscaba: ¡allí jamás se había encontrado ningún pueblo!



Entonces ¿por qué él estaba viendo un conjunto de casas, un depósito elevado de agua, una iglesia y dos saloons? Las siluetas de los edificios eran perfectamente identificables.



Wild Bill Haycox apagó el fósforo cuando estaba a punto de quemarse los dedos, y encendió otro para ver la hora en su reloj de cadena: las cuatro de la madrugada... ¡Pero en aquel núcleo humano bullían en multitud las luciérnagas de las ventanas y de las lámparas de los porches!



—Quizá sea un pueblo minero de los que crecen y se llenan de vida antes de que se enteren los que hacen los mapas —se dijo no demasiado convencido—. Voy a comprobarlo...



Esta vez prefirió dejar de clavar las espuelas en los flancos de su caballo. Se limitó a impulsarlo con las bridas, para que se moviera a un trote lento, cansino. Porque no era curiosidad el impulso que le movía a aquel lugar, sino una especie de magnetismo irresistible: el mismo que le obligaba en su juventud a buscar a ciertas mujeres: ¡en efecto, era esta misma pasión esclavizadora!



«¿Qué voy a encontrar ahí... si mi instinto parece estarse metiendo en un fuego que yo... tenía por olvidado?», se preguntó sin dejar de avanzar, sintiéndose muy inquieto.



Sus nervios nunca pudieron ser totalmente de hielo. Siempre había matado arrastrado por la carencia de piedad del asesino al que le aterroriza su propio miedo. La inexpresividad de su rostro, su rígida forma de andar, su vestuario y los revólveres que lampagueaban en las cartucheras que se mantenían atadas más abajo de los muslos y muy cerca de las rodillas habían sido una máscara. ¡Una máscara que había llevado puesta durante más de veintiséis años!



Antes de entrar en aquel pueblo, le llegaron a los oídos las amargas estrofas de la balada The Cow-boy´s Lament:



«... Que dieciséis tahúres lleven mi ataúd. / Seis guapas chicas me canten una canción./ Llevadme al valle y cubridme de terrones./ (...) Tocad suavemente el tambor y muy bajo el pífano./ Que esta marcha fúnebre me acompañe... / Y poned unas rocas sobre mi sepulcro».



Wild Bill Haycox se sintió singularmente aludido, y un escalofrío recorrió su columna vertebral en un asalto estremecedor que le forzó a tensarse sobre la silla de montar. Al mismo tiempo, a sus fosas nasales llegaron los olores característicos de la cerveza fresca, del whisky de cinco centavos el vaso, del champagne de veinte dólares la botella, la brillantina y el «fijapelo» de los camareros y los sensuales perfumes de las bailarinas: amalgama que terminó por fundirse en un solo aroma: acre, dominante y preñado de recuerdos que él no supo, en aquel preciso instante, valorar con exactitud.



Inmerso en este cúmulo de sensaciones, fueron sus ojos los que empezaron a captar figuras de personajes que le resultaban conocidos, a pesar de que no consiguiera saber dónde los había visto. Por último, resultaron tantos que le invadió la idea de que la presencia de todos aquellos conocidos («¿qué maldita casualidad los ha reunido aquí... y cómo ninguno de ellos me resulta un extraño?») obedecía a una decisión que él debía respetar.



Durante unos segundos pensó en escapar de aquel pueblo, pero ni siquiera detuvo la marcha de su caballo.



Repentinamente, en una aparición más reveladora que una lámpara de petróleo al ser encendida en una habitación a oscuras, se encontró frente a Mavis Bleeke, «la reina de Dodge City», que se exhibía tan lozana, desafiadora y hermosa como en 1872... ¡Si hacía diez años que él mismo la había estrangulado con sus propias manos!



Ya no había ninguna duda: aquel pueblo, que no estaba señalado en el mapa, pertenecía a los muertos. Porque era muertos los hombres y las mujeres que le contemplaban desde los porches... ¡Y a todos él mismo les había arrebatado la vida!



¡Sí, allí estaban Sandy, el croupier de faro en el Harper´s Saloon de Dodge City; Russell, el jefe de estación de Abilene; Horace, el propietario del White Hotel de Missouri Flates; Eilley, la rolliza pianista del Comstock Saloon de Virginia City, y todos los demás... hasta totalizar 68 cadáveres!



Jamás había llevado la contabilidad de las personas que había asesinado ¡pero supo que ninguno de ellos faltaba a aquella cita macabra, incomprensible!



Entonces sí que descarnó los flancos de su caballo con las espuelas; a la vez, desenfundó uno de los colts del 38, y comenzó a disparar contra la fila de los que habían sido espectadores de su entrada en aquel maldito pueblo. Su demencial pretensión era volver a matar... ¡a los que ya debían estar bien muertos!



Al instante se dio cuenta de que estaba malgastando las balas, debido a que las gentes habían desaparecido, lo mismo que los ruidos, las luces y los olores. Todo parecía que jamás hubiese existido: se encontraba en una población desierta y silenciosa.



—¡¿Qué ocurre aquí... ? ! —aulló con toda la fuerza que le proporcionaba su cólera de hiena racional, negándose a aceptar la locura. De pronto se tragó el deseo de seguir convirtiendo en gritos su protesta desesperada, pero no supo contener esta pregunta—: ¿Acaso ha sido uno de los espejismos del desierto? Pero... ¡Deténte, bestia maldita!



A pesar de todos sus esfuerzos, no consiguió dominar a su montura hasta unas dos milla del pueblo, ya que la había encabritado con el estrépito de los disparos y con las heridas originadas por las espuelas. Luego, se dio cuenta de que todo su cuerpo estaba empapado de sudor. Realmente se había sentido aterrorizado.



—¡No... no! ¡Yo jamás he conocido el miedo... y mucho menos el terror...! ¡Sólo han sido unas visiones... Estoy cansado, llevo dos días sin dormir y mi cabeza no me funciona demasiado bien... si no duermo lo suficiente!



Sin embargo había tenido que volver a gritar para conseguir autoconvencerse de que sus deducciones obedecían a la realidad más auténtica. Acto seguido, negándose a volver por los derroteros mentales que podían conducirle al reconocimiento de su cobardía, se dirigió hasta aquel grupo de edificaciones, que ya, definitivamente, parecían desiertas, abandonadas.



Con el ceño fruncido, los labios apretados y la s manos sujetas al cinturón, en la proximidad inconsciente de las culatas de los colts del 38, dejó el caballo atado a la barra del porche del hotel, empujó la puerta de cristales y entró en un lugar sumido en la penumbra. Sobre el mostrador de recepción vio una lámpara de petróleo. La cogió sin mucha confianza y, enseguida, comprobó que su depósito no estaba vacío. Encendió la mecha, cuyo resplandor le permitió descubrir una inmensa capa de polvo, un sinfín de telarañas y el lógico aspecto de un lugar que llevaba muchos meses sin ser habitado.



No obstante, al mismo tiempo que liberaba un soplido de tranquilidad, le llegó un hedor a tumbas, a cementerio en el que los cadáveres no hubiesen sido enterrados a la suficiente profundidad. Pero este retorno de la pesadilla fue muy breve, casi una intuición o un secuela de los que había sufrido recientemente. Así que le resultó fácil creer que no debía sentirse afectado.



Después, subió al primer piso. Las viejas maderas crujieron bajo sus botas, de unas rendijas brotaron las veloces sombras gordezuelas de dos ratones y sobre la campana de luz pasaron unos murciélagos. Wild Bill Haycox empezó a silbar O Bury me not en the lo prairie («No me enterréis en la pradera solitaria»), aunque se negaba a aceptar que estaba asustado. En la primera puerta que abrióse encontró una cama de metal dorado, de alta cabecera en la que parecían reír unos angelotes desnudos columpiándose en unas guirnaldas de flores y frutas, y que contaba con todo su equipamiento para echarse un buen sueño.



«¿no es mejor esto que dormir en el suelo?», se preguntó el pistolero.



Retiró la colcha tejida con hilos dorados, rojos y amarillos, y se encontró con una manta que al presionarla no despidió polvo. Sonriendo abrió la ventana, para remover la atmósfera, dejó la lámpara de petróleo en un pequeño aparador, se quitó las botas y el cinturón canana —un chispazo de indecisión le asaltó al realizar este acto, aunque tardó muy poco en despreciarlo—, y se echó en el lecho que le estaba aguardando. Casi al instante se vio apresado por una extraña somnolencia, que achacó al agotamiento.



Pero se dio cuenta de la inu8sitada titilación de la llama apresada en la campana de cristal, y que una casi olvidada sensualidad enervaba todos los poros de su piel y ponía en fase de tensión todos sus músculos. Entonces, en el rectángulo de la puerta, casi en las sombras, apareció una mujer semidesnuda —sólo llevaba una gasta imperceptible sobre la subyugante hermosura de su cuerpo—. No debía contar más de veinte años, lucía una impresionante cascada de cabellos rubios, sus pechos se asemejaban a dos grandes pomelos que hubiesen adquirido la facultad de vibrar y de rectarse, su cintura era una completa tentación para unas manos que llevaban meses sin palpar la provocación de una hembra, sus móviles caderas encerraban la gracia de las más apetitosas bailarinas de San Francisco, y en el horno de su pubis crecía la miel y el oro en un triángulo de vellosidad que emanaba efluvios de paraíso.



Claro que Wild Bill Haycox nunca había sido un poeta; sin embargo, en aquel preciso instante, su sexualidad fue capaz de llegar a las cimas de la pasión ,a la zona más alta, donde se acaba la posibilidad de seguir ascendiendo. Y por eso, cuando abrazó a la diosa, sus genitales eran un géiser de semen... ¡Un semen que se le quedó petrificado, mientras sus testículos se volvían unas bolas vacías, disecadas, al descubrir que tenía entre sus brazos a un cadáver putrefacto!



La cascada de cabellos se había convertido en unos repelentes colgajos que aún se sostenían en los escasos restos de piel que quedaban en el cráneo; los pechos no existían, aunque sí ocupaban su lugar una protuberancia agusanadas; la cintura sólo se hallaba formada por una carne podrida, devorada por la infección purulenta; y las caderas ya nada más que eran los huesos completamente descarnados; pero el pubis se conservaba intacto, como queriendo demostrar que se resistía a la cangrena, porque había sido la única «herramienta de trabajo» de la que fue, en vida, Rosa O´Leary, o la «Rosa de Topeka».



El pistolero intentó librarse de aquella carga macabra. El terror le enloquecía. Sus brazos, sus piernas y todo su cuerpo se entregaron a la lucha; a la vez, no cesabga de aullar sonidos ininteligibles. Pero aquella boca, de labios destrozados por una especie de lepra, no se separaba de la suya... ¡Súbitamente, desatando una sensación insufrible, tuvo la certeza de que varios gusanos estaban recorriendo la punta de su lengua!



Con el corazón al borde del infarto, las fuerzas se le multiplicaron hasta el punto que consiguió librarse del dogal que suponían los brazos infectos que le aferraban; sin embargo, no escapó a la inmensa náusea, aunque había conseguido liberar sus labios de la mortal ventosa, por eso comenzó a vomitar y a escupir durante largos minutos.



Sometido a esa reacción, le fue imposible darse cuenta de que la estancia se había llenado de espectros, de cadáveres animados de movimiento y que ofrecían todas las alteraciones que en sus carnes y en sus pieles, así como en sus ropas y en sus mortajas, habían causado el tiempo y la putrefacción. No obstante, a todos ellos los pudo identificar cuando levantó la cabeza, se le desencajaron los ojos y el terror le reveló que sólo debía aceptar una verdad: ¡esa que tenía delante!



—¿Por qué... ? —susurró entre las babas biliosas que aún escurrían de sus labios.



Como respuesta se vio atrapado por las manos —sólo eran huesos— de Herb Nestor, el recepcionista del Wichita Hotel, por la de Dave Fowler, el conductor de la diligencia que cubría la línea Topeka-Independence antes de que llegase el ferrocarril, y por las de Robert E. Riegel, el periodista del The Tulsa Telegraph. Eran auténticos esqueletos, pero el pistolero pudo identificarlos como si llevaran sus nombres escritos en el brillante y liso frontal de sus cráneos.



Ya no peleaba, n protestaba. Porque todo él era un temblor, un agónico estertor imposible de transformarse en un sonido audible. Se vio sacado de la habitación igual que si fuera un colgajo inerte. Carecía de fuerzas para sostenerse, se le habían vaciado los intestinos —los excrementos y la orina le escurrían por las piernas dando prueba de su cobardía—, y nada más que era una consciencia aterrorizada, que ni siquiera poseía el derecho a alejarse de lo que estaba ocurriendo dando un salto hacia la locura o la amnesia...



Parecía que era locura todo aquello que le rodeaba y le dominaba; al mismo tiempo, sus rodillas golpeaban contra los viejos peldaños de la escalera, su cabeza se le vencía sobre el pecho, esa baba de epiléptico en trance seguía manando de sus labios, y se iba dando cuenta de que cada vez eran más los cadáveres vivientes que el arrastraban.



El macabro recorrido finalizó en el comedor del hotel. Le pusieron de pie, apoyándole contra la pared. Y así pudo ver el lugar que había sido convertido en una espeluznante sala de juicios. Quiso cerrar los ojos, para hallar refugio ante tanto horror, y los párpados no le obedecieron... ¡Porque allí se encontraban, nuevamente, sus 68 víctimas, y todos le estaban mirando a pesar de que la mayoría no contaban con globos oculares en sus calaveras!



Presidía la mesa del presidente del Tribunal el más indicado de todos aquellos espectros hediondos y horripilantes: el juez Jeremías H. Pattie, que había sido titular del juzgado de Abilene hasta 1879. Sobre su esqueleto llevaba una toga harapienta, también putrefacta. No necesitó golpear el martillo de metal para solicitar silencio, porque allí el único sonido que se escuchaba era el que provenía de los labios temblorosos del reo: un estertor prolongado de renuncia y el castañeteo de sus dientes.



—Es innecesario que les informe a todos ustedes sobre el motivo de nuestra presencia en este juicio —comenzó a decir el muerto con una voz tan silbante como el viento al pasar por la copa de un gigantesco ciprés de cementerio, lo que no le restaba capacidad de comunicación—. Aquí falta la bandera de nuestro país, la Biblia y los abogados, tanto el defensor como el fiscal, porque todos nosotros ya pertenecemos a otro universo. Pero como nos ha devuelto con los vivos el mismo deseo de venganza, ¡hemos de obtener provecho de este molesto quebrantamiento del descanso eterno! Cada uno de nosotros debe su muerte a esta víbora humana: una asesino que ha venido engañando a todo el mundo con una ficticia leyenda de «pistolero de nervios de acero y corazón justiciero», ¡cuando todos nosotros sabemos que siempre se ha valido de la traición, de la ventaja y del engaño! ¡Porque es un cobarde!



—No... No es cierto —balbuceó Wild Bill Haycox, en una reacción que probaba la fuerza que aún le mantenía en pie.



—¿Acaso te atreves a afirmar, ante 68 testigos de cargo, que nuestras muertes fueron cara a cara y en defensa propia? —le desafió el juez-muerto.



—Obstaculizabais mi camino... de una manera o de otra... Tuve que quitaros la vida... porque suponías un gran peligro para mí...



—¿Peligro? Ahí se encuentra tu hermano pequeño, Ralph, y tus tíos, Lorne y Harold, más allá puedes ver a Clara Star, a Loerena Hoolding y a Rosa O´Leary, «la Rosa de Topeka»... ¿Te atreves a negar que todos ellos no te amaron?



—Quisieron cambiar mi destino... imponerme sus decisiones... Además sabían demasiado de mí...



Los mataste para que no deformasen la imagen que te habían fabricado los escritores de esas revistillas que se venden en el Este por cinco centavos, ¡y porque eres un monstruo sediento de sangre! Creo que ya es innecesario que sigamos con el Juicio. La condena sólo puede ser una: ¡Wild Bill haycox tendrás que enfrentarte en un duelo a muerte, sin trucos ni engaños, al joven Sam Ballard! ¡Por si lo has olvidado, te recuerdo que tienes una cita con él a las doce treinta del vienes, en la calle principal de Canyon River!



Súbitamente, se hizo un silencio inmenso, se apagaron las luces, se desvaneció el hedor a cementerio poblado de cadáveres putrefactos y la oscura soledad se transformó en una tenaza insoportable. Sin embargo, el pistolero tardó en darse cuenta de que le habían dejado solo. Luego, alzó la cabeza, sus ojos escudriñaron las sombras y, al cabo de unos minutos, se dio cuenta de que se encontraba en la cama. Esto le condujo a suponer que todo lo ocurrido obedecía a una pesadilla.



No obstante, saltó al suelo, se vistió precipitadamente, se colocó a conciencia el cinturón canana, después de comprobar que los colts del 38 seguían cargados, y salió del hotel. Una vez se encontró en el porche, sin saber realmente por qué lo hacía, sacó de sus alforjas un western book (novelita del Oeste), que un editor de nueva York venían dedicando a «las hazañas del pistolero más famoso del Far-West», y leyó la presentación:



«¡No tengas miedo! ¡No te asustes, hermosa! Ya estás a salvo en brazos de Wild Bill Haycox que está siempre dispuesto a arriesgar la vida, y a morir incluso, por una bella mujer».



Una sonrisa de vanidad se asomó a sus labios, montó lentamente en su caballo y puso rumbo hacia su responsabilidad. Estaba seguro de su victoria. Por eso ni siquiera acusó el cansancio, ni le volvió a herir el recuerdo de las terroríficas pesadillas, durante todo el largo recorrido a Canyon River. ¡Y en qué enorme envanecimiento se sumergió al comprobar la enorme expectación que le aguardaba!



En cuanto se le vio aparecer, las apuestas se situaron de inmediato en un porcentaje de nueve a uno a su favor. No obstante, se le dejó que se preparara meticulosamente, como si de un caballo de carreras se tratara. Allí se encontraban los principales periodistas del país, y hasta un famoso novelista europeo —algunos llegaron a decir que se trataba del propio Chales Dickens—, lo que suponía que la leyenda iba a cobrar un testimonio indestructible de autenticidad.



A las doce y veintiocho minutos, Wild Bill Haycox descendió por las escaleras del Gold Saloon. A los artistas Russell y Remington jamás se les hubiese ocurrido pintar un pistolero tan desafiadoramente arrogante. Todos los espectadores se quedaron sin habla, estupefactos. Y la parálisis general, quietos los vasos e inmóviles los dedos del pianista, permitió que resonase el tintineo de las espuelas de plata del «legendario» pistolero



Después, bajo un sol de castigo y con un público que ni siquiera parpadeaba, los dos duelistas se situaron frente a frente. El senador Eugene Mc Parkinson se encargó de la cuenta, cuidándose de espaciar los tres números en intervalos de quince segundos exactos. Sin embargo, al llegar al «dos» se produjo un desenlace inesperado, revelador...



—¡No, no... Yo no quiero morir así... Mis dedos son viejos... Jamás conseguiré desenfundar a tiempo...! —suplicó Wild Bill Haycox, arrodillándose en la ciénaga de su cobardía.



Un terremoto no hubiese causado mayor estampida humana. La fuga fue general, como si todos los presentes acabasen de descubrir que habían sido cómplices de una gran farsa. Y hasta el joven pistolero Sam Ballard abandonó la calle. Sólo los niños y los muchachos se quedaron allí, burlándose del «viejo cagón»...



Humillado y destruido, el asesino buscó un caballo, cualquiera, y se dispuso a escapar de aquel maldito pueblo. Pero, a los pocos metros, se enfrentó a las armas de sus víctimas. Los tejados, las ventanas, los porches y el suelo polvoriento se hallaban cubiertos de negros cañones de rifles y revólveres. Pero nada más que se escuchó un disparo , y el cobarde cayó a tierra abatido por 68 balas justicieras.

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