15 nov. 2012

Jorge F. Hernández
Tomado del libro: Un montón de piedras .



Nadie lo sabe, pero la vecina del tercer piso está perdidamente enamorada de mí. Desde que me mudé a mi departamento del primero izquierda, la observo desde el balcón cuando llega de dejar a las niñas en el colegio y cuando sale a media mañana para comprar sus mandados. Sé por el buzón que se llama Gertrudis, pero para mí es Ángela y juro que no me acuerdo del nombre ni apellido de su ingenuo e inepto marido. De hecho, ni lo conozco. Jamás visto.

Ángela es un sueño con el que despierto todos los días. La miro desde el balcón con el primer café de la mañana y celebro –un día sí y otro también– que vuelva de despedir a sus hijas con el propósito hasta ahora inquebrantable de no mirarme. Yo sé que no voltea para mi balcón porque lo suyo es la discreción, el total hermetismo ante los demás vecinos y el mundo entero, pues nadie lo sabe ni sospecha, pero está claro que Ángela vive perdidamente enamorada de mí, sin que le tenga yo que enviar cartitas de amor en correspondencia a su infatuación, sin que podamos amarnos libremente y a pierna suelta hasta las horas de las comidas, sin que sepa –incluso– en dónde vivo y quien soy, porque ella me ama enloquecidamente sin que sepa, además, que yo lo supe desde le día en que me mudé a mi departamento del primero izquierda, con el balcón a la calle, para poder mirarla... y nada más.

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